Sobre “El Japón heróico y galante” de Gómez Carrillo


Durante varios siglos (del siglo XII hasta la Restauración Meiji de 1868) Japón estuvo gobernado por el shogunato que estableció un gobierno militar que temeroso de las influencias culturales de Occidente cerró las fronteras del país durante 251 años, hasta el año 1854. En ese período de tiempo el mundo conoció la Ilustración, el Renacimiento y los avances tecnológicos de la industrialización que junto a la producción en masa revolucionaron la estructura de la sociedad occidental.

Lentamente el aislamiento cultural, político y económico de Japón empezó a fracturarse y gracias al mercado negro inició un intercambio comercial que permitió la llegada de ideas de libertad de comercio, de expresión y de innovación industrial. Así, en 1854 el comodoro estadounidense Matthew Perry forzó la apertura del Japón al comercio de Occidente bajo el Tratado de Kanagawa e inició un período de cambios sociales que tomó varias décadas en completarse.

La apertura comercial trajo consigo nuevas ideas y libertades que durante varios siglos habían sido prohibidas. Además, el nuevo poder económico de las elites y las milicias organizadas se concretó con la caída del shogunato y en 1868 se llevó a cabo la Restauración Meiji que devolvió el poder al emperador japonés. El sistema feudal de la sociedad japonesa fue abolido y se instituyeron los sistemas legales y de gobierno que se utilizaba desde hacía ya varios siglos en Occidente.

Fue 40 años después de la caída del shogunato que Enrique Gómez Carrillo viajó a Japón y escribió su crónica “El Japón heróico y galante”. La obra, escrita en 1912, narra una crónica del viaje por las calles de Tokio, su sociedad, sus costumbres y el antiguo pasado heróico que se empeza a transformar con el caos de la industria masiva y el crecimiento poblacional que conllevó.

Gómez Carrillo discute las lecturas que en obras de contemporáneos como Loti y Lowel había podido conocer sobre Japón mientras vivía en Francia y las comparó con sus vivencias en los barrios más emblemáticos de Tokio. Su viaje inició por las calles sucias y atestadas de gente de Tokio y lo transportó a la “ciudad sin noche” en que se deleitaban los japoneses con la compañía de las geishas. Las geishas, herederas del antiguo honor y galantería del sistema shogún, eran la cúspide de las instituciones antiguas que aún se mantenían vivas en el Japón de inicios del siglo XX. El Yosiwara, la ciudad sin noche” estaba conformado por tiendas de baratijas, bazares de frivolidades, casas de té y mujeres sonriendo en jaulas.

Así, lo que para él se presentaba en el Yosiwara (o Yoshiwara) como uno de los lugares de vicio y deleite dionisíaco más increíbles que jamás había conocido se transformó en uno de los lugares más dignos y honorables que llegaría jamás a conocer luego de escuchar las exquisitas referencias que japoneses hacían del mismo,

“En sus ojos negros, tan expresivos y tan ardientes, reféljase el orgullo de sus almas (y del shogunato). Sus frentes, lejos de inclinrase como las de sus hermanas de occidente, álzanse serenamente altaneras. Son divinidades populares, menudas diosas vivas, ídolos tangibles. Y ellas, que lo saben, gozan de su prestigio y se complacen en su poder.” paréntesis míos.

La crónica narra además las antiguas instituciones japonesas del samurai, el honor, la justicia, el civismo y la valentía de las cuales explica su importancia para el funcionamiento de la sociedad.

Del honor de un samurai explica que era el valor más alto y estimado al que podía aspirarse. Un honor que se celebraría con el suicidio de ser necesario, y que era llevado por muchos como una tradición que superaba su valor como hombres e individuos en aras del sacrificio por otros. De la justicia comenta que “ni ruegos, ni promesas, ni amenazas, logran influir en el ánimo de los que juzgan. El mismo interés político, lo que se llama “razón de Estado” en Europa, los deja absolutamente indiferentes”. Del civismo comenta que los japoneses están dispuestos morir defendiendo su patria siempre y cuando la justicia estricta así lo reclame.

La crónica es una fantástica ilustración de la cultura japonesa de principios del siglo XX. Algunas décadas despues, y con el avance del comercio con occidente, las antiguas instituciones del shogunato irían mezclándose lentamente con las costumbres occidentales. En 1945 el Japón fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial y se estableció un gobierno occidental que reemplazó al figura del emperador como jefe del gobierno. Luego, Japón inició un rápido desarrollo de su industria tecnológica y nos queda a nosotros el recuerdo de una sociedad milenaria que durante más de seis siglos supo converitr la justicia estricta como la regla de vida de millones de habitantes.

Del Japón nos queda la herencia del orgullo de sus samurayes, del respeto por las tradiciones y las costumbres que aspiraban a la estricta justicia, los relatos de las noches en el Yoshiwara y la fortaleza de sus sables afilados que defenderán el orgullo japonés de cualesquiera amenaza.

Recordando a Haití


Un huracán amenaza la isla de La Hispaniola y no dejo de preocuparme por el caos que gobierna aún en Haití.

La historia y tradiciones del pueblo haitiano han sido importantes para mí y para la vida de este blog desde hace mucho tiempo.  Empecé a estudiar la historia de Haití cuando escribí una reseña de la novela de Alejo Carpentier titulada El reino de este mundo.  La reseña se popularizó rápidamente y hasta ahora es el post más leído de este blog con más de mil visitantes mensualmente.  La novela es fascinante y sin duda, el mejor trabajo de Alejo Carpentier.  Luego, encantado por su historia y tradiciones, leí varias obras de las que sobresalen El paso del viento por E. Sarner y la reciente novela de Isabel Allende titulada La isla bajo el mar.

Ahora, luego del terremoto que destruyó gran parte de la república nuevas imágenes llegan a mi mente.  Porque mucho, o casi todo, de lo que conocía de ese país fue a través de los libros de ficción y no ficción que acumulé en mis libreras.  Su cultura, sus ricas tradiciones caribeñas y su peculiar acento son imágenes vivas en mi mente que ahora se tiñen de ejemplos fúnebres que me confunden.

Porque no es prudente conocer la historia de algo o alguien cuando sólo tenemos una fuente de información.  En este caso, miles de personas están conociendo por primera ocasión la historia de Haití luego de que un terremoto casi los borrase del mapa y ya no queda mucho por rescatar.

Haití y su pueblo son mucho más que las imágenes que vemos en nuestros televisores, en Youtube o en las fotografías periodísticas.  Tal y como dijo la escritora africana Chimamanda Adichie, es peligroso escuchar (y creer) sólo una historia o narrativa de un país (link a la conferencia).

Si desean conocer otras historias sobre este pueblo, los invito a iniciar con la reseña que escribí de la novela El reino de este mundo. Luego, ustedes solos descubrirán qué camino desean seguir para conocer un pueblo que durante más de dos siglos ha vivido en la pobreza, el misticismo, las luchas de clase y la esperanza puesta en gobiernos con “un negro rodeado de abanicos de plumas y sentado sobre un trono adornado de figuras de monos y de lagartos[1]”