porque me ha tocado gobernar en un pueblo de gente de voy


“-Aquí, Miguel, donde yo tengo que hacerlo todo, estar en todo, porque me ha tocado gobernar en un pueblo de gente de voy -dijo al sentarse-, debo echar mano de los amigos para aquellas cosas que no puedo hacer yo mismo. Esto de gente de voy -se dio una pausa-, quiere decir gente que tiene la mejor intención del mundo para hacer y deshacer, pero que por falta de voluntad no hace ni deshace nada, que ni huele ni hiede, como caca de loro. Y es así como el industrial se pasa la vida repite y repite: voy a introducir una fábrica, voy a montar maquinaria nueva, voy a esto, voy a lo otro, a lo de más allá; el señor agricultor, voy a implantar un cultivo, voy a exportar mis productos; el literato, voy a componer un libro; el profesor, voy a fundar una escuela; el comerciante, voy a intentar tal o cual negocio, y los periodistas -¡esos cerdos que a la manteca llaman alma!- vamos a mejorar el país; mas, como te decía al principio, nadie hace nada y, naturalmente, soy yo, es el Presidente de la República el que lo tiene que hacer todo, aunque salga como el cohetero. Con decir que si no fuera por mí no existiría la fortuna, ya que hasta de diosa ciega tengo que hacer en la lotería…” (Miguel Ángel Asturias, El señor presidente)

Por si hace falta la referencia, tomé esa cita del capítulo XXXVII de El señor presidente, novela en la que Miguel Ángel Asturias cuenta la historia de un dictador y del país que dirige con mano firme, de las torturas y de la poca esperanza con la que puede vivir la gente de dicho lugar, del asesinato de uno de los hombres de confianza del caudillo y de las repercusiones que por ese evento viven algunos de sus enemigos. El presidente está basado en Manuel Estrada Cabrera y la historia, en la dictadura que ejerció durante 22 años en Guatemala. La cita pertenece a uno de los momentos en que el presidente justifica sus acciones y me parece más interesante hablar de la conducta de la gente que da pie a opiniones como esa, que del anhelo “protector” del personaje.

Creo que todos en algún momento tomamos la actitud de Felipe (el personaje de Quino, que es amigo de Mafalda) y nos sentamos en nuestra sillita a decirnos que haremos muchas cosas que después no llevamos a cabo, y eso está bien, porque no se trata de andar en nuestro tanque aplastando casas y carros que se cruzan por nuestro camino solo porque decidimos dejar de dejarlo para mañana. Se trata de que a veces posponemos la lectura de ese libro cuyas ideas odiamos sin saber bien por qué, porque nunca lo hemos leído. A veces decimos que mañana sí vamos a enterarnos mejor de la fuente de las noticias antes de opinar. A veces dejamos para otro día eso de cuestionar las ideas de la gente que tiene influencia en nuestra vida, en la vida de muchos otros, y nos convertimos en una masa de gente irreflexiva, en lugar de ser una masa de gente crítica que no se deja llevar por la histeria colectiva.

Dice por ahí que siempre hay un roto para un descosido, así que para que un dictador tenga éxito y venga a querer cuidarnos de nosotros mismos, se necesita que haya personas que dejaron de creer que deben luchar por proteger su libertad, por conseguir su felicidad y por defender por sí mismos su vida y sus ideas.

Virtudes para la vida


A Ernest Hemingway le gustaba escribir de pie. Tenía un escritorio diseñado para ese fin. Se levantaba a las ocho de la mañana y se dedicaba a escribir hasta la una. Revisaba sus textos con extrema atención y batallaba con cada oración para que quedara como él quería. Era escritor de profesión; aunque en la juventud fue periodista y corresponsal de guerra.

Marguerite Yourcenar empezó a escribir Memorias de Adriano cuando andaba por los veintitantos años y no tenía idea de cómo llevar la novela a un buen fin. Descartó y perdió algunos borradores hasta que se quedó con un manuscrito que trabajó por diez años y finalmente publicó. Miguel Ángel Asturias invirtió siete años a trabajar en su cuento “Los mendigos políticos”, que fue publicado con el título de El señor presidente. Ambos se dedicaron a la academia y a la literatura desde jóvenes. José Saramago escribió un par de novelas en su juventud que no tuvieron éxito, así que decidió esperar a tener algo que decir y pasó veinte años dedicándose a otras cosas. Ganó el premio Nobel de Literatura a los 76 años.

Estos cuatro personajes comparten algunas características que fueron fundamentales para su trabajo, ciertas virtudes que los llevaron a triunfar. Eran apasionados, pacientes, independientes, exigentes con ellos mismos. La calidad de su trabajo no estuvo determinada por pertenecer a una familia intelectual, por desarrollar su talento literario desde temprana edad, por haberse dedicado a escribir desde siempre. Es innegable que tenían un talento para contar historias, pero también es cierto que no se conformaban con el resultado del primer borrador de sus relatos. Necesitaron del trabajo continuo, del tiempo invertido, del compromiso con su obra.

Los griegos concebían la virtud como el comportamiento por medio del cual se manifestaba la “excelencia moral” y la relacionaban de forma amplía con los valores de los individuos. Los conceptos de virtud y valor han cambiado a lo largo de los siglos, han evolucionado por el trabajo de filósofos y han sido influenciados por diferentes posturas religiosas, al punto de no estar tan claros en nuestra mente. Planteado de una forma muy simple, un valor es algo que queremos tener y conservar, y la virtud es la acción para tener ese valor.

Si tenemos clara nuestra escala de valores, sabremos qué virtudes necesitamos para obtenerlos, sabremos qué código moral necesitamos para vivir bien, para ser felices y cumplir nuestras metas. Sabremos cuáles son los vicios que nos detienen, con qué costumbres saboteamos nuestro propio crecimiento. Encuentro inspiradoras las historias de los cuatro escritores que mencioné, porque su obra es un ejemplo de la productividad de la mente humana, de perseverancia, tenacidad y pasión.