Tenemos al “coco” en la cárcel


El mundo esta esperando Puedo decir con seguridad que Guatemala está pasando por un momento histórico importante y me da un poco de pena no sentir más entusiasmo al respecto, no ser parte de los que se entusiasman diciendo que #síhubogenocidio o que #nohubogenocidio, no ser de los que celebraron la condena o de los que quieren parar el país hasta que liberen al general. Me gustaría sentir que ganamos la batalla, que estamos haciendo las cosas bien, que vamos por el camino correcto, que me siento orgullosa de nuestras decisiones como nación, pero no puedo evitar este sentimiento de frustración que me colma.

La condena del general Ríos Montt, de “Ríos de sangre Montt”, como lo oí nombrar desde siempre, no me parece una victoria, ni una muestra de justicia. No digo que el señor sea inocente y que no tenga culpas que pagar, seguro tiene una gran cantidad de muertes en su conciencia, violentó la constitución, se instituyó en el poder por la fuerza, entre muchas otras cosas que se le podrían demostrar en un juicio, pero lo condenaron por genocidio, como si todo lo demás que hizo se resumiera en ese delito; como si usar la fuerza y atentar contra la vida, la libertad y los derechos de los guatemaltecos no tuvieran mérito suficiente para recibir una condena. Castigarlo por genocidio y regocijarnos por ello es dejarlo ganar. Es admitir que no tenemos una idea clara de cuál es el daño que él y otros como él nos hacen, porque no sólo arrebató vidas. Apresurar el juicio convirtió al general en un símbolo, el “oligarca prepotente y asesino” fue humillado y condenado, la justicia le llegó en vida y cayó de lo alto, el poderoso pagará, pero ¿para qué nos sirve el símbolo si solo representa un linchamiento social? ¿Para qué nos sirve la condena si solo significa que va a pasar un tiempo preso?

Quizás un acto de justicia sería que el general pagara de su bolsa el resarcimiento que ahora exigen las víctimas, pero ¿quienes son esas víctimas? Mucha gente cree que los indígenas fueron las víctimas del conflicto, las mujeres ixiles con sus tristes historias, los hombres que tenían que salir a patrullar, los que tenían que unirse al ejército, los que se unieron a la guerrilla, los niños y niñas. Otros creen que los desaparecidos fueron las víctimas, sus vecinos, su familia, pero se olvidan en esa larga lista del resto de guatemaltecos de esa época y de los guatemaltecos de las generaciones futuras y para resarcirnos a todos por los daños que nos causan no hay fortuna que alcance. Quizás un acto de justicia y una mejor forma de resarcimiento sea decidirnos a no dejar que el conflicto pase de nuevo. Tenemos que establecer las bases morales y filosóficas que nos ayuden a construir una sociedad de personas libres y responsables que no dejarán que un caudillo se robe su país, que no dejarán que la opinión internacional sea determinante para sus decisiones como nación. Si recibir ayuda de los gobiernos desarrollados nos va a obligar a deberles obediencia, dejemos de recibir esa ayuda. Si necesitamos símbolos para construir Guatemala, que ese símbolo no sea que metimos al “coco” a la cárcel, sino el heroísmo de las personas que cada mañana se levantan y van a trabajar porque su orgullo no se compra con resarcimientos o ayuda internacional.

Digamos que sí hubo genocidio


Imagen tomada de: http://on-msn.com/vK12dE

Imagen tomada de: http://on-msn.com/vK12dE

En enero de 2013 empezó en Guatemala el juicio contra el ex general José Efraín Ríos Montt, de 86 años, y su antiguo jefe de inteligencia, José Rodríguez, de 76, acusados de delito de genocidio por la matanza de 1.771 indígenas ixiles, entre 1982 y 1983. El proceso fue avanzando y ha estado frecuentemente en los titulares de los periódicos, en las noticias nacionales e internacionales y en las redes sociales.  Después de todo, hay que comentar sobre el momento histórico en que el “representante más duro de los gobiernos militares de Centroamérica” se sentó en el banquillo de los acusados para responder por los cargos que se le imputan. Después de todo, hay que hablar sobre los largos y detallados relatos que las mujeres ixiles hicieron sobre los abusos recibidos,  la muerte y la destrucción, la pena y el sufrimiento.

El juicio siguió su desarrollo hasta que se anuló la semana pasada. La discusión se polarizó y se empantanó por pura retórica y todo mundo empezó a discutir sobre si hubo genocidio o no. Hay quienes dicen que el “monstruo” no puede ser inocente, que sí hubo genocidio; hay quienes dicen que en efecto hubo muchas muertes, pero el cargo no puede tipificarse como genocidio. (El tema fue discutido de forma clara y sintética el viernes 17 de abril, en el programa Contravía PM, que puede ver  acá) Al final todo se reduce a qué grupo tiene razón en el uso de una palabra. ¿Hay una sincera búsqueda de justicia en la discusión o solo quieren probar que tienen la razón?

Yo supongo que llevamos a alguien a juicio para obtener justicia, ¿es importante el proceso de acusar a quien nos hizo daño para sanar las heridas o solo necesitamos que corra un poco de sangre? Cuando mataron a Rodrigo Rosenberg se organizaron marchas en la ciudad para protestar por el hecho, muchas personas que por lo regular no se involucran en ese tipo de actividades salieron a las calles y el comentario de “los de izquierda” era:  “ahora sí les dolió algo a los ricos y por eso salen a manifestar”, lo planteaban como si el dolor fuera exclusivo para la gente del campo, o los indígenas o los desfavorecidos o cualquier otro que no sea el guatemalteco promedio, como si de nada valiera la voz de esas personas porque no venían de una aldea en el Quiché o porque quizás no salieron a protestar por otras muertes. Porque en esos temas seguimos pensando en términos de  ellos y nosotros. En lugar de estar peleando por un término, mejor seamos solidarios y aunque retorzamos un poco la verdad, acordemos que a Ríos Montt se le condene por genocida, pero antes de hacerlo que alguien me diga ¿qué pasará entonces? ¿Qué justicia se le dará a la gente? ¿Será suficiente con que se le condene a unas 9 cadenas perpetuas, que él simplemente no tendrá tiempo de cumplir? ¿Es necesario retorcer la verdad para obtener justicia? ¿Es esa la justicia que necesitamos?

Digamos que sí hubo genocidio y que ruede la cabeza del ex general, pero no nos conformemos con ello, después de todo, en ningún lado dice que el genocidio solo puede ser ejercido por los gobernantes hacia un pueblo determinado. Ya que estamos en esas, analicemos bien si la guerrilla, con alguno de los grupos que la conformaban, tuvo que ver con matanzas. Revisemos bien quiénes cometieron crímenes, de toda naturaleza, en cualquiera de los bandos. Si vamos a empezar a acusar, terminemos de una vez y que corra toda la sangre que sea necesaria para curar nuestras heridas como sociedad. Hagamos bien todo el proceso, para que dentro de diez años no se repita, para que las víctimas de otro pueblo no tengan que venir a declarar cómo las violaron, mataron y demás. Si de verdad queremos justicia por todo lo que nos pasó en estos años de historia reciente, debemos preguntarnos por qué las matanzas eran en esos pueblos, si los dirigentes de la guerrilla que vivían en París mientras su gente moría en el selva también deben algo, si estamos dispuestos a buscar respuestas en lugar de prestarnos al circo en que tendríamos que darnos por satisfechos porque se condene al general. Si de nada sirvió que firmáramos esa paz con la que le dimos amnistía a cualquiera que hubiera cometido algún crimen en tiempo de la guerra, si no nos reconciliamos, es mejor que de una vez deroguemos la “Ley de reconciliación nacional” (Decreto 145-96) y hagamos las cosas bien.