El cuento del tigre y las ovejas


Corría el año 2002 y Fredy Koffman contó la historia del tigre y las ovejas en una conferencia titulada Vida, libertad y conciencia. Se trata del relato de un pequeño tigre que queda huérfano y es criado por un grupo de ovejas. Él se cree una oveja hasta que llega un tigre grande y su vida cambia. Quise compartir el video con la animación que produjo New Media UFM, no solo porque la historia me parece inspiradora, sino porque a veces necesitamos que nos recuerden que debemos actuar en lugar de indignarnos y alegar, reclamar y pedir que el mundo cambie, sin atrevernos a dar el primer paso para dicho cambio.

¿A quién hay que echarle la culpa?


 

 

 

 

A mí también me gustaría echarle la culpa al gobierno por todo lo que ha llovido durante las últimas semanas. Me gustaría echarle la culpa a los inventores que  hicieron posible la revolución industrial por los congestionamientos de tránsito en los que me veo atrapada con abrumadora frecuencia. Me gustaría acusar a los banqueros de Wall Street por enviar al monstruo de la incertidumbre que me asusta por las noches.

En este momento, podría unirme a los indignados y reclamar que el gobierno pase el invierno al verano para solucionar con una acción las inundaciones y la sequía. Podría manifestar en alguna plaza nombrada en honor a algún inventor, para que las fábricas dejen de producir automóviles; además, podría venir a pie al trabajo, ¿quién dijo que 35 kilómetros son mucho para caminar de ida y vuelta en un día? Podría hacer carteles, tomarles fotos y protestar vía Twitter contra los ricos y poderosos banqueros que protagonizan las teorías de conspiración del mundo. Porque, a final de cuentas, necesitamos una revolución. Sin embargo, tengo la certeza de que la revolución que necesitamos no es global, no es ésta del 99%. Porque no me parece que sepan qué están pidiendo. Saben que algo anda mal en el mundo, pero no saben qué es exactamente, como se ve en este video tienen más de 99 razones para protestar:

Se quejan de los banqueros, del calentamiento global, del Sida, de la violencia de género, de la pobreza. Piden viviendas dignas, solidaridad, paz, respeto y que el mundo sea un lugar feliz. Dicen que el 1% se aprovecha de ellos, que son el pueblo, el 99%. En algunos casos piden que caigan las grandes corporaciones, en otros casos piden el comunismo a gritos, como si ese experimento no hubiera fracasado terriblemente en el pasado. Esa forma de mezclar los problemas, sus causas y a los responsables de los mismos, me hace creer que no se han sentado a pensar en las causas de su malestar, ni en las causas de los problemas de nuestras sociedades. Por ejemplo, sería más sensato que reclamara en la alcaldía de mi comunidad que usen el dinero de mis impuestos para arreglar el camino a mi casa que se destruyó con las lluvias o que por lo menos nos dejen repararlo en paz. Las quejas de los indignados me recuerdan esta frase de Daniel Khelmann “That was the moment when he grasped that nobody wanted to use their minds. People wanted peace. The wanted to eat and sleep and have other people be nice to them. What they didn’t want to do was think.” Measuring the World, páina 44)

Es cierto que necesitamos una revolución, pero debe ser una revolución moral e individual. El primer paso es asumir nuestra responsabilidad en el mundo, asumir que debemos pensar y tener clara nuestra escala de valores. Si vivimos en una sociedad libre ¿por qué pedir que el gobierno actúe como planificador central y nos diga qué pensar, en qué trabajar, cómo vivir, dónde vivir? ¿Qué sigue después de entregarle nuestros derechos al “hermano mayor”? ¿Por qué deberíamos entregarle nuestros derechos, nuestra propiedad, nuestra mente? ¿En serio tan terrible es la libertad? A final de cuentas, en los sistemas comunistas siempre hay un dueño de las cosas, ese 1% al que tanto detestan. Es cierto, la revolución se trata de actuar, pero no protestando a lo loco. Se trata de responsabilizarnos por nosotros mismos. No sirve de nada reclamar que los privilegios cambien de mano, así solo lograremos caer en la misma dinámica pero con actores distintos. Debemos defender nuestra libertad a toda costa, nuestro derecho de perseguir nuestra felicidad y de trabajar para nosotros mismos, para alcanzar y mantener nuestros valores, sin miedo a que venga alguien “con más necesidad” a despojarnos de ellos por medio de la fuerza. La revolución debe empezar con ideas, no con miedos irracionales.