Digamos que sí hubo genocidio


Imagen tomada de: http://on-msn.com/vK12dE

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En enero de 2013 empezó en Guatemala el juicio contra el ex general José Efraín Ríos Montt, de 86 años, y su antiguo jefe de inteligencia, José Rodríguez, de 76, acusados de delito de genocidio por la matanza de 1.771 indígenas ixiles, entre 1982 y 1983. El proceso fue avanzando y ha estado frecuentemente en los titulares de los periódicos, en las noticias nacionales e internacionales y en las redes sociales.  Después de todo, hay que comentar sobre el momento histórico en que el “representante más duro de los gobiernos militares de Centroamérica” se sentó en el banquillo de los acusados para responder por los cargos que se le imputan. Después de todo, hay que hablar sobre los largos y detallados relatos que las mujeres ixiles hicieron sobre los abusos recibidos,  la muerte y la destrucción, la pena y el sufrimiento.

El juicio siguió su desarrollo hasta que se anuló la semana pasada. La discusión se polarizó y se empantanó por pura retórica y todo mundo empezó a discutir sobre si hubo genocidio o no. Hay quienes dicen que el “monstruo” no puede ser inocente, que sí hubo genocidio; hay quienes dicen que en efecto hubo muchas muertes, pero el cargo no puede tipificarse como genocidio. (El tema fue discutido de forma clara y sintética el viernes 17 de abril, en el programa Contravía PM, que puede ver  acá) Al final todo se reduce a qué grupo tiene razón en el uso de una palabra. ¿Hay una sincera búsqueda de justicia en la discusión o solo quieren probar que tienen la razón?

Yo supongo que llevamos a alguien a juicio para obtener justicia, ¿es importante el proceso de acusar a quien nos hizo daño para sanar las heridas o solo necesitamos que corra un poco de sangre? Cuando mataron a Rodrigo Rosenberg se organizaron marchas en la ciudad para protestar por el hecho, muchas personas que por lo regular no se involucran en ese tipo de actividades salieron a las calles y el comentario de “los de izquierda” era:  “ahora sí les dolió algo a los ricos y por eso salen a manifestar”, lo planteaban como si el dolor fuera exclusivo para la gente del campo, o los indígenas o los desfavorecidos o cualquier otro que no sea el guatemalteco promedio, como si de nada valiera la voz de esas personas porque no venían de una aldea en el Quiché o porque quizás no salieron a protestar por otras muertes. Porque en esos temas seguimos pensando en términos de  ellos y nosotros. En lugar de estar peleando por un término, mejor seamos solidarios y aunque retorzamos un poco la verdad, acordemos que a Ríos Montt se le condene por genocida, pero antes de hacerlo que alguien me diga ¿qué pasará entonces? ¿Qué justicia se le dará a la gente? ¿Será suficiente con que se le condene a unas 9 cadenas perpetuas, que él simplemente no tendrá tiempo de cumplir? ¿Es necesario retorcer la verdad para obtener justicia? ¿Es esa la justicia que necesitamos?

Digamos que sí hubo genocidio y que ruede la cabeza del ex general, pero no nos conformemos con ello, después de todo, en ningún lado dice que el genocidio solo puede ser ejercido por los gobernantes hacia un pueblo determinado. Ya que estamos en esas, analicemos bien si la guerrilla, con alguno de los grupos que la conformaban, tuvo que ver con matanzas. Revisemos bien quiénes cometieron crímenes, de toda naturaleza, en cualquiera de los bandos. Si vamos a empezar a acusar, terminemos de una vez y que corra toda la sangre que sea necesaria para curar nuestras heridas como sociedad. Hagamos bien todo el proceso, para que dentro de diez años no se repita, para que las víctimas de otro pueblo no tengan que venir a declarar cómo las violaron, mataron y demás. Si de verdad queremos justicia por todo lo que nos pasó en estos años de historia reciente, debemos preguntarnos por qué las matanzas eran en esos pueblos, si los dirigentes de la guerrilla que vivían en París mientras su gente moría en el selva también deben algo, si estamos dispuestos a buscar respuestas en lugar de prestarnos al circo en que tendríamos que darnos por satisfechos porque se condene al general. Si de nada sirvió que firmáramos esa paz con la que le dimos amnistía a cualquiera que hubiera cometido algún crimen en tiempo de la guerra, si no nos reconciliamos, es mejor que de una vez deroguemos la “Ley de reconciliación nacional” (Decreto 145-96) y hagamos las cosas bien.

Recordando a Haití


Un huracán amenaza la isla de La Hispaniola y no dejo de preocuparme por el caos que gobierna aún en Haití.

La historia y tradiciones del pueblo haitiano han sido importantes para mí y para la vida de este blog desde hace mucho tiempo.  Empecé a estudiar la historia de Haití cuando escribí una reseña de la novela de Alejo Carpentier titulada El reino de este mundo.  La reseña se popularizó rápidamente y hasta ahora es el post más leído de este blog con más de mil visitantes mensualmente.  La novela es fascinante y sin duda, el mejor trabajo de Alejo Carpentier.  Luego, encantado por su historia y tradiciones, leí varias obras de las que sobresalen El paso del viento por E. Sarner y la reciente novela de Isabel Allende titulada La isla bajo el mar.

Ahora, luego del terremoto que destruyó gran parte de la república nuevas imágenes llegan a mi mente.  Porque mucho, o casi todo, de lo que conocía de ese país fue a través de los libros de ficción y no ficción que acumulé en mis libreras.  Su cultura, sus ricas tradiciones caribeñas y su peculiar acento son imágenes vivas en mi mente que ahora se tiñen de ejemplos fúnebres que me confunden.

Porque no es prudente conocer la historia de algo o alguien cuando sólo tenemos una fuente de información.  En este caso, miles de personas están conociendo por primera ocasión la historia de Haití luego de que un terremoto casi los borrase del mapa y ya no queda mucho por rescatar.

Haití y su pueblo son mucho más que las imágenes que vemos en nuestros televisores, en Youtube o en las fotografías periodísticas.  Tal y como dijo la escritora africana Chimamanda Adichie, es peligroso escuchar (y creer) sólo una historia o narrativa de un país (link a la conferencia).

Si desean conocer otras historias sobre este pueblo, los invito a iniciar con la reseña que escribí de la novela El reino de este mundo. Luego, ustedes solos descubrirán qué camino desean seguir para conocer un pueblo que durante más de dos siglos ha vivido en la pobreza, el misticismo, las luchas de clase y la esperanza puesta en gobiernos con “un negro rodeado de abanicos de plumas y sentado sobre un trono adornado de figuras de monos y de lagartos[1]”