Así no te roban mucho


20121115-093923.jpg Hace un rato recibí un correo con unas fotos y el siguiente texto: “Tengan cuidado a dónde y cómo van de compras! No carguen muchas cosas en sus bolsas por si acaso, no les roban mucho… Por favor reenvíen estas fotos a todos los que puedan para que reconozcan al ladrón desgraciado que me asalto, este asalto es en la zona 15 y a mi en la zona 14 a las 12 del medio día fue en los dos lugares, hace como que esta comprando se da la vuelta y saca la pistola quitando todo lo que uno tenga. Por favor reenviando para reconocer a al ladrón y poderlo localizar.”

Cuando uno recibe un correo de esta naturaleza debe evaluar si es de verdad o una de esas farsas que circulan todo el tiempo por internet, como cuando te dicen que Facebook no será gratis o que un millonario en Sudáfrica quiere hacer un negocio contigo. En las fotos se ve claramente al tipo con el arma, la tienda, así que uno imagina que la historia es real y que el fulano debe ser un temerario, ¿quien si no, se atrevería a asaltarte dentro de una tienda?

Lo más triste del caso es que esta historia es verosímil en el contexto de un país como Guatemala, donde los peores crímenes ocurren a la luz del día y los criminales saben que pueden salirse con la suya. ¿De qué serviría que fuera detenido y llevado a la cárcel? Quizás únicamente evitaría que siguiera delinquiendo por un tiempo, a menos que entrara a formar parte de alguna banda de extorsionadores que opere desde la cárcel. ¿Le devolvería algo a las víctimas de sus robos? No, porque el Estado vela por su propio interés, no por la propiedad de los individuos. Su crimen sería penado por el Estado, pero eso no incluye que le devuelva algo a las personas que afectó.

No necesitamos que el gobierno nos dé nada, necesitamos que vele por el respeto a nuestros derechos, porque sea el ente que nos asegure que no nos quitarán nuestra propiedad, nuestra libertad, nuestra vida.

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No quiero firmar peticiones


Los eventos ya son parte de la historia. Un grupo de manifestantes convocados por autoridades indígenas de los 48 cantones de Totonicapán, protestaban por el alto precio de la energía eléctrica, los cambios a la carrera magisterial y las reformas constitucionales. Bloquearon una carretera. Llegó el ejército para dispersar la manifestación y desbloquear la carretera. Los manifestantes no querían irse, hubo un altercado. Los del ejército dispararon y el resultado del caos fue de 8 personas muertas y varios heridos. (Lea detalles en Prensa LibreSiglo 21 o El Periódico).

¿Qué pasó después? Los bandos se dividieron, porque hay que estar del lado de los indígenas o del ejército, porque hay que defender  los derechos de unos o de los otros, la vida de unos o de los otros, acusar a unos o a los otros. Debemos expresar nuestro descontento, nuestra ira, recordar las masacres del conflicto armado interno, odiar al “ejército asesino”, acusar a los manifestantes por tomar las calles o quejarnos por el gobierno. El conflicto se condensa en ese día, en ese minuto de la historia. De ahí en adelante hay “peticiones”, porque no hay que olvidar, perdonar o reconciliarse, porque debemos denunciar e indignarnos un rato para sentir que somos parte de ese momento histórico, hemos estado inconformes hace tanto, que debemos refrescar un poco el resentimiento. ¿Qué viene después de las peticiones? ¿Qué sigue después de la denuncia y la indignación? Quizás otro evento que caldee los ánimos, más violencia, más protestas, más reclamos.

Si ampliamos la foto y dejamos de enfocarnos en los eventos de ese día, en la manifestación y las muertes, en las acusaciones, tenemos a dos grupos enfrentados. Cada uno tiene su agenda y sus objetivos, cada uno tiene individuos organizados bajo su bandera, cada uno tiene simpatizantes y detractores. Cada uno tiene líderes que toman las decisiones y le piden a los individuos que actúen por el bien común, por el bien del grupo. Los líderes de ambos grupos hacen negocios y concesiones con el otro grupo y mantienen un relativo balance, hasta que pasa algo que lo rompe y da paso a trágicos incidentes como el del 4 de octubre. Llevamos toda la vida en esa aparente calma donde lo único que tenemos que hacer es no involucrarnos mucho para no salir heridos. Eventualmente firmamos una petición o salimos a manifestar y nos sentimos orgullosos porque nos preocupan los otros, porque somos solidarios, porque nos indigna que nada cambie y después de la petición volvemos a rumiar nuestros odios y no hacemos nada.

Yo ya no quiero firmar peticiones, quiero cambiar ideas para que con ellas cambien las acciones. Ya no quiero lamentar que el gobierno haya mandado al ejército a dispersar una manifestación, quiero que ya no haya necesidad de manifestar. Debemos entender que no podemos pedir electricidad barata y estar en contra de las hidroeléctricas, plantas nucleares y otras formas de producir energía en grandes cantidades. Las comunidades deben elegir entre explotar la tierra, cambiarla y usarla o mantenerla y mantenerse en las condiciones que se encuentran ahora. No podemos tener las dos cosas a la vez, usamos el planeta o morimos, no hay más opciones. Debemos entender que no podemos renunciar a nuestra libertad y después pedir el respeto a nuestros derechos. Debemos dejar de esperar que el gobierno nos dé cosas, nos resuelva problemas y después no quiera callarnos cuando queremos protestar. O tenemos un gobierno mínimo que se encargue de asuntos específicos de seguridad y protección de nuestro derecho a la vida, la propiedad y la búsqueda de nuestra felicidad, o tenemos un gobierno que nos resuelve la vida entera y nos recuerda cada día que a cambio le entregamos nuestra libertad. Solo cuando decidamos qué queremos para nuestra vida, en general, podremos resolver eventos particulares de la historia. No podemos resolver los detalles si perdemos de vista el cuadro grande.

Entonces te dicen que parecés burócrata


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En la Guía del viajero intergaláctico Douglas Adams cuenta la historia del viaje que Arthur Dent, un señor inglés, debe emprender cuando logra escapar de la tierra justo antes que ésta sea destruida. En sus andares por la galaxia se encuentra con una raza particularmente desagradable, los Vogons, que son bastante malhumorados, unos burócratas sin imaginación e incapaces de alguna manifestación de pensamiento crítico. El planeta en que habitan estos seres tiene una característica curiosa, cada vez que alguien tiene una idea en él, se levanta una pala de la tierra que le pega en la cara, la única forma en la que pueden evitar los golpes constantes es dejar de pensar, aunque sus narices aplastadas deben ser un signo de que tal acción no es tan simple; sin embargo, probablemente por ello se desarrolló ahí este grupo de individuos que sólo acatan órdenes, que no cuestionan y que no harán nada si no les presentan un formulario lleno por triplicado.

Hace unos días en un seminario alguien dijo que todos tenemos un amigo burócrata y me pregunté si yo contaba con algún vorgon entre mis amistades. Cuando todos lo vimos esperando que explicara a qué se refería dijo que todos tenemos un amigo de esos que sólo sobreviven, van al trabajo, “cumplen” con su labor, regresan a su casa, ven tele o algo por el estilo y pasan así sus días. Por lo que entendí, se refería a la gente que ha abandonado todo intento de tener algún reto intelectual y consideran que incluso hacer sudokus es demasiado demandante. Ni siquiera llega al punto de una crítica a la gente que trabaja en el gobierno, es una reflexión sobre aquellos que viven una existencia sin detenerse a pensar cuál es su propósito de vivirla.

Si uno pone un poco de atención, seguramente encontrará muchos ejemplos de personas que han luchado contra la adversidad y han cumplido sus sueños; es posible encontrarlos en la literatura, en las revistas, en documentales, en anécdotas de amigos. También nos es posible encontrar casos de gente que desperdició su vida, ellos nos sirven de ejemplo de todo aquello que deberíamos evitar. Sin embargo, en este momento me preocupan menos los extremos que esa idea de vivir la vida sin vivirla de verdad. Me preocupa despertar dentro de diez años y comprender que la vida me pasó encima y no hice nada con ella.

Al final de El manantial, Peter Keating le dice a Roark que se dio cuenta de que lo que quiere hacer realmente es convertirse en pintor. Roark sabe que ya es demasiado tarde para Peter, que ya no tiene oportunidad de conseguirlo. Más que temerle a equivocarme, me da miedo tener esa “actitud de burócrata” y sobrevivir mi vida sin un propósito, me da miedo que muchas personas vivan en la impotencia de pensar que no pueden hacer más de lo que hacen, que no vale la pena intentarlo.

Con el tiempo que pasa


Cuando estaba en la universidad decidí que no me iba a involucrar en política. En parte porque no me gustaba la política que se hacía por esos rumbos, a pequeña escala en la universidad y a gran escala en mi país, en el mundo; tampoco conocía (no quería conocer) alternativas. Yo me dedicaba a asuntos culturales, quería cambiar al mundo por medio de la poesía.  Prefería no opinar sobre las ideas políticas de Jorge Luis Borges o Ezra Pound y prefería hablar de las de García Márquez. Con el paso del tiempo no sólo he comprendido que si bien la ideología de un autor se ve reflejada en su obra, ésta no la hace mejor o peor. También comprendí que es importante tener una opinión, ideas claras, incluídas las políticas. Porque si uno sólo se deja llevar por la marea puede terminar en un lugar donde no quiere estar, puede terminar viviendo en su peor pesadilla y no ser consciente de qué está mal.

Hace un tiempo vi este video: Cuba: The times are changing – People & Power – Al Jazeera English. El documental contiene opiniones de cubanos a los que se les ha permitido tener un negocio propio, como un experimento capitalista. Una de las cosas que más me impresionó es que ellos están muy contentos con la oportunidad de tener algo propio, de trabajar para sí mismos pero cuando el entrevistador les pregunta sobre las medidas que han permitido el fenómeno, ellos dicen que eso ya es política y prefieren no hablar de ello. Ellos no quieren tener una opinión política. Esta postura resulta natural si consideramos los años de censura y el control, comunes en cualquier dictadura. Para mí, ello también es un signo de advertencia, un recordatorio que necesitamos para defender nuestras ideas, para no abandonarnos en la comodidad de una opinión “segura” y que va con la corriente. El capitalismo sigue siendo un ideal desconocido, muchos lo rechazan sin tener idea de cuáles son los valores fundamentales sobre los que se sustenta. Creo que ahora no sólo me llegó el tiempo de expresar mis ideas, también de cuestionarlas, discutirlas, defenderlas.

¿pagar impuestos me hace mejor persona?


Una de las cosas que menos me gustaron de mis años de colegio y universidad fueron los trabajos en grupo. Un día llegaba la maestra y nos decía que teníamos que trabajar con cuatro o cinco compañeros, con un poco de suerte nos dejaba elegir con quiénes trabajar, con menos suerte ella hacía los grupos. Una vez metidos en esa situación aparecía el entusiasta que armaba el proyecto y quería organizarlo todo, quien algunas veces se extralimitaba y empezaba a dar órdenes y asignar tareas sin dejar que los demás opinaran; estaba aquel al que le daba francamente lo mismo y hacía lo que le dijeron, ni una cosa más; y aquel otro que no hacía nada pero al final tenía que aparecer en la nómina del grupo y recibía el mismo punteo que el resto del grupo. Yo asumí cada uno de esos roles en diferentes oportunidades y aprendí algunas cosas:

1. Uno no siempre puede elegir con qué grupo trabajar. Así que si estás en un país, ya sea porque naciste ahí o porque las circunstancias te llevaron a quedarte, hay que acatar sus leyes y trabajar con su gente. Ello no quiere decir que debo renunciar a mis ideas y convertirme en un autómata que no piensa. Existe una diferencia sustancial entre comprender mi contexto y aceptar la realidad y dejar de ser un individuo responsable.

2. Hay personas que quieren controlar al grupo y que las cosas se hagan a su manera. Cuando uno elige a un presidente, está eligiendo al administrador que  trabajará para el proyecto de país. No elegimos a un rey al cual debemos servir y obedecer, tampoco elegimos a un jefe que nos ordene cómo vivir o a un padre que nos cuide. El presidente es la cabeza de una organización que debería llevar a cabo ciertas actividades específicas, como velar por el respeto a los derechos individuales, hacer que se respeten los contratos y ofrecer seguridad a los ciudadanos.  Sigue leyendo

El patriota latinoamericano en el 2011


Agenda electoral latinoamericana 2011. Tendencias

En América Latina se conmemora anualmente la independencia de siete países durante el mes de septiembre.  En este año, Guatemala no sólo conmemorará su independencia sino también elegirá un nuevo gobierno.  Junto con Guatemala, otros 4 países latinoamericanos estarán en elecciones presidenciales (Haití, Perú, Argentina y Nicaragua).

Celebraciones en honor a estas fiestas se realizan en las ciudades y pueblos.  Cientos de panfletos patriotas, banderas, escudos y eventos ensalzan las avenidas.  Por algunas semanas son las fiestas de independencia la máxima celebración de los pueblos latinoamericanos.  Sin embargo, la inconformidad con la creciente corrupción, la constante violación de los derechos individuales por parte del gobierno, el aumento de las tasas de actos delictivos y los cambios en las tasas impositivas preocupan a cientos de ciudadanos.  Las calles y plazas son tomadas por ciudadanos libres que han decidido denunciar los crímenes cometidos por aquellos legisladores que olvidaron el valor de la libertad, la honradez, la unión y la rectitud.

¿Qué ha fallado?  ¿Cómo es posible celebrar la independencia y gloria del surgimiento de una patria libre, soberana e independiente si con el paso de décadas de impunidad, corrupción y expoliación ante la ley se han viciado los ideales de los próceres de la Independencia?

Henry David Thoreau (1817-1862), el famoso escritor anarquista del Tratado “La desobediencia civil”, comenta que la razón por la cual decidió quitar su apoyo al Estado (mientras nosotros celebramos su constitución como un país independiente por un año más)  se debe a que el Estado lo violentó al no armarse de honradez o inteligencia.  El Estado recurrió al a fuerza física para coartar su libertad[1].

Y sí, es una contradicción de principios celebrar la independencia de nuestros países mientras el paso de los años nos ha sumido en el letargo de un Estado que nos violenta y deshonra.  No podemos continuar viviendo como ciudadanos indolentes mientras el Estado se convierte en el nido de ladrones y asesinos.  Si es que acaso deseamos celebrar la independencia de nuestros países debemos ser coherentes con los principios que llevaron a la victoria a los próceres de la Independencia.  El no hacerlo nos hace partícipes de los crímenes cometidos en el gobierno.

Así, los verdaderos patriotas son aquellos que demuestran su inconformidad de manera pacífica, denunciando los crímenes maquinados en el Estado por legisladores y burócratas corruptos.  Aquellos ciudadanos libres que manifiestan su descontento, como lo hizo el movimiento estudiantil de la U. Andrés Bello[2] durante la reciente reforma constitucional impulsada por Hugo Chávez, son los únicos que aún viven como hombres libres y dicen: ¡Basta ya!



[1]
“El Estado nunca se enfrenta voluntariamente con la conciencia intelectual o moral de un hombre sino con su cuerpo, con sus sentidos.  No se arma de honradez o de inteligencia sino que recurre a la simple fuerza física.  Yo no he nacido para ser violentado.  Seguiré mi propio camino.  Veremos quién es el más fuerte.” Thoreau, Henry D.  (1987).  Desobediencia civil y otros escritos.  (P.48).  Madrid: E. Tecnos.

[2] Este movimiento estudiantil lideró la lucha en contra de las reformas constitucionales que promovía el presidente venezolano Hugo Chávez en diciembre de 2007.  El líder del movimiento, Yon Goicoechea, fue galardonado con el premio Milton Friedman por la Libertad 2008.

La historia bíblica de Ananías y la colectivización de la propiedad


Cualquier similitud es pura coincidencia y esta historia que cuenta la Biblia me parece tan acertada para explicar la manera en que el Estado ahora nos ataca.

La historia de Ananías narra cómo este hombre muere “de vergüenza” luego de ocultar las ganancias de una propiedad que le pertenecía.  En esa época, las ganancias y la venta de las propiedades era colectiva y los réditos de cualquier transacción eran administrados por la Iglesia.  La “vergüenza” a la que se refiere la Biblia no es más que una figura para representar el castigo de la Iglesia y sus miembros luego de que Ananías hizo valer uno de los derecho más importantes, el de propiedad privada y el derecho a lucrar con la venta de la misma.

Actualmente, por fortuna, la Iglesia ni ninguna institución religiosa tiene el control para robar las ganancias obtenidas de nuestra propiedad; pero, en su lugar, el Estado se ha convertido en el albacéa de ese control impuesto.  El pago de impuestos forzosos sobre las rentas de los ciudadanos y la expropiación de la propiedad en nombre del bien público es un reflejo actual y preocupante de la manera en que el Estado viola uno de los derechos de acción más importantes: lucrar de nuestra propiedad privada y trabajo.

Los dejo con la espeluznante historia bíblica de una muerte anunciada,

“Un hombre llamado Ananías, junto con su mujer, Safira, vendió una propiedad,  y de acuerdo con ella, se guardó parte del dinero y puso el resto a disposición de los Apóstoles.  Pedro le dijo: «Ananías, ¿por qué dejaste que Satanás se apoderara de ti hasta el punto de engañar al Espíritu Santo, guardándote una parte del dinero del campo?  ¿Acaso no eras dueño de quedarte con él? Y después de venderlo, ¿no podías guardarte el dinero? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? No mentiste a los hombres sino a Dios».  Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido.”