En defensa propia; el valor de la vida en America Latina


Representación de la batalla entre David y Goliath

La protección de la vida de las personas y la certeza de la justicia son el motivo por el cual los seres humanos establecieron sistemas de gobierno que tuviesen el monopolio de la fuerza.  Estas sociedades, seguras por la protección del gobierno, se desarrollaron luego de que los ciudadanos tenía la certeza de que su propiedad privada sería protegida.

Sin embargo en muchas ocasiones las labores principales del gobierno han sido descuidadas cuando se le exige realizar labores que no le corresponden para asegurar el “bienestar común”.  Noticias de robos, asaltos y asesinatos empiezan a ser parte de la cotidianeidad y pocos años después la economía deja de crecer, las inversiones empiezan a huir y los corruptos empiezan a adquirir gigantezcas propiedades y a disfrutar de privilegios.

El culmen de este desastroso ciclo se alcanza cuando el gobierno es capturado por el crimen organizado y la ciudadanía se ve a la deriva cuestionándose cuál es su derecho a defenderse y se enfrenta a la dicotomía de,

  • “bajar la cabeza, esconderse y vivir en silencio” o,
  • “morir en la defensa de sus derechos”.

Para comprender la importancia del derecho del hombre a la vida y la importancia de exigir al gobierno que cumpla su misión de proteger a sus ciudadanos es necesario en estos momentos de alza de las tasas de criminalidad en America Latina recordemos las palabras de la filósofa objetivista Ayn Rand, quien explicó lo siguiente:

La consecuencia necesaria del derecho del hombre a la vida es su derecho a defenderse. En una sociedad civilizada, la fuerza puede ser utilizada sólo en represalia y sólo contra aquellos que inician su uso. Todas las razones que hacen que el inicio de la fuerza física sea una maldad, hacen que el uso de fuerza física como represalia sea un imperativo moral.

Si alguna sociedad “pacifista” renunciara al uso de la fuerza como represalia, se volvería impotente y quedaría a merced del primer delincuente que decidiese ser inmoral. Tal sociedad lograría lo opuesto a su intención: en vez de abolir el mal, lo fomentaría y lo recompensaría.   Lea más: www.Objetivismo.org

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