Yo acabé con el monstruo del “nosotros”


Una distopía es una especie de utopía donde se narra la vida de una sociedad ficticia, ambientada en el futuro o en una época indeterminada, donde la realidad es presentada en términos opuestos a los de una sociedad ideal. El término fue acuñado para identificar los relatos que ilustran las consecuencias de la manipulación y el adoctrinamiento masivo —generalmente a cargo de un Estado autoritario o totalitario— que llevan al control absoluto; al condicionamiento o, incluso, al exterminio de sus miembros, bajo una fachada de benevolencia.

Libros como 1984, de George Orwell o Un mundo feliz, de Aldous Huxley, son ejemplos clásicos de distopías que cuentan cómo sus protagonistas, quienes representan a los individuos libres, son aniquilados por un sistema que no pueden destruir y del que no pueden escapar. La mayoría de distopías nos dejan esa sensación de angustia, de desesperanza, porque una vez que olvidemos los principios de la libertad, no podremos eludir las consecuencias de vivir en un sistema colectivista y totalitario.

Cuando me alejo de la literatura y leo comentarios como éste me pregunto si no estaremos más cerca de la distopía de lo que nos gusta admitir:  “Todo ladrón es un gran engañador. El capitalismo que es un inmenso robo… engaña, los capitalistas engañan. Para esto tienen un formidable sistema de manipulación, la televisión, la radio, la prensa, la cúpula eclesiástica, la escuela, la universidad, el arte, todo se confabula en esta inmensa operación de fraude. Su sistema se basa en el egoísmo, el individualismo y la competencia. Genera la violencia individual y social. Pero miente, la disfraza, culpa a otros. Veamos. El capitalismo educa a la humanidad en la violencia, el valor es tener objetos, propiedades, no importa a costa de qué. Así, los objetos, las mercancías, se hicieron más importantes que la vida humana, y ésta vale por lo que el humano posee: al poseer más, más se deshumaniza, más se transforma en cosa, en máquina de consumir, deambulando por el mundo sin alma, esclavo de las mercancías, víctima de la angustia infinita del que busca satisfacción sólo en lo material.” (Tomado de revolucionomuerte.org)

Al leerlo me queda claro que el autor está pidiendo libertad a gritos, necesita que lo dejen elegir, aunque no sé cómo se concilia eso con un sistema socialista. Le otorga atributos negativos al egoísmo, el individualismo y la competencia, cuando son la esencia de lo que cada persona debe valorar;  al final, ataca la propiedad privada cuando lo primero que tengo no son cosas materiales, sino a mí mismo. Poseer y saber que poseo no es sólo en términos de lo material, mi primera posesión es mi vida, mi persona.

Vuelvo a la literatura y busco esperanza en ella, una idea, un ejemplo de cómo salir adelante ante este tipo de contradicciones. En esa búsqueda encontré Himno, de Ayn Rand (pueden descargar la versión en español acá), cuya lectura recomiendo porque presenta a un individuo que puede escaparse del sistema y crear su propio mundo. Uno de los puntos que considero más importantes es que no se escapa hacia un paraíso capitalista, está lejos de eso, se escapa a un mundo donde descubre el valor de su trabajo, de su persona, de su “yo” y esa es la base para que luego construya el paraíso donde quiere vivir. Antes de entrar en la discusión de si el capitalismo o el socialismo son la mejor opción para vivir en sociedad, necesitamos establecer nuestro valor como individuos, saber si somos un fin en nosotro mismos o un medio para los fines de otros. Necesitamos una revolución, sí, pero una revolución moral para comprendernos a nosotros mismos y después construir un mundo mejor.

Las palabras de Howard Roark


La historia  trata de un arquitecto llamado Howard Roark a quien un amigo, Peter Keating, le pide diseñar unos edificios de apartamentos. Roark le dice que lo hará con la condición de que su diseño sea respetado, que no le hagan cambios. Roark se va de viaje y cuando vuelve descubre que construyeron el edificio pero que cambiaron su diseño. Se enoja y dinamita el edificio una noche. No hay víctimas pero la construcción queda reducida a escombros. Llevan a Roark a juicio y éste es el discurso de su defensa.

Roark plantea su opinión con mucha claridad y uno tiende a estar totalmente de acuerdo o totalmente en desacuerdo con él, por ello, cuando discuto este texto con estudiantes o gente de un club de lectura, me gusta empezar por saber qué idea les sorprendió más. Las palabras de Roark son fuertes, son una defensa admirable del individuo y su fuerza creadora, un llamado a pensar en la moralidad de nuestro trabajo, en la necesidad de convivir con otras personas con reglas claras y en condiciones de justo intercambio. ¿Qué me sorprende del discurso? Que el juicio es por haber dinamitado un edificio y se convierte en un juicio en donde se acusa a un hombre por ser un creador, un individuo independiente.

Nos urge la revolución


Foto Prensa Libre: Byron Vásquez

El pie de foto de la imagen a la izquierda incluía la pregunta ¿Qué opinas del mensaje de los estudiantes?Yo opino que me gustaría mucho que fuera verdad, pero que su actitud no me parece muy revolucionaria que digamos. Una revolución, más que violencia y gritos, implica un cambio profundo, no significa quedarse bloqueando una calle para que no se cambie nada, ni ocupar edificios y dejar de ir a clases, no indignarse sin proponer ni tener una idea clara de qué viene después.

El titular de uno de los diarios de hoy señala que la ministra de educación dijo que los estudiantes de las escuelas normales perderán el año si no vuelven a clases el lunes. Cuando le enseñé el periódico a una amiga, me dijo que esos líos con los estudiantes están desde que ella estudió magisterio, que le daba un poco de  pena hacer cuentas, pero que eso fue hace como siete, ocho años. Sabemos que el conflicto tiene mucho más tiempo y yo aún no le veo el final, porque aunque los estudiantes logren detener los cambios que propone el ministerio, sólo será por un tiempo, en realidad no ganarán nada y si no llegan a ningún acuerdo pronto, incluso pueden haber perdido un año de clases, un año de su vida.

¿Quién tiene la razón en este lío? Considero que ninguno de los dos grupos. Yo no le veo el caso a que les pongan más años a la carrera de magisterio si no hay cambios integrales en nuestra forma de concebir la educación y lo que necesitamos de ella. Cuando entré a la Licenciatura en Letras me dijeron que debía sacar primero el Profesorado de Enseñanza Media en Lengua y Literatura, así que sobreviví a varios de los peores cursos de los que tengo memoria, incluidas las pedagogías, didácticas, evaluaciones y demás bases integrales de lo que un maestro “debería” saber. Si tenía mis dudas sobre la utilidad de tales cursos, muchos años después, cuando empecé a dar clases, tuve la certeza de lo poco que se ajustaban a mis necesidades y las necesidades de mis alumnos en el salón. Los maestros que tienen muchos años de experiencia saben que no se trata sólo de manejar un tema y tratar de explicarlo, se trata de hacer que los alumnos se interesen por lo que están aprendiendo, que sepan que ellos mismos forjan su conocimiento y son responsables de lo que aprenden o no. No se trata de hacer que memoricen datos, sino que razonen y descubran cosas por sí mismos. Yo no estoy segura de que estos chicos que tienen tomados los institutos amen su carrera, de que amen aprender y enseñar, no estoy segura siquiera de que amen leer.

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En el caos del cambio


He visto morir al hombre elefante muchas veces. Su historia está ambientada en Londres de mediados del siglo XIX y cuenta cómo John Merrick pasa de ser un fenómeno exhibido en un circo de la época a un hombre con dignidad humana. Este cambio en su vida no fue gratuito, él tuvo que comprender cuál era su verdadera naturaleza para después defenderla. El momento en que se revela este conocimiento es cuando, después de años de soportar los más viles maltratos, él se yergue y se proclama humano. Hay una multitud enardecida a punto de lincharlo y él les pide que no lo lastimen, les dice que no es un animal, que es un hombre. A John le tomó años comprender este hecho fundamental para su existencia, ¿cuánto tiempo le ha tomado a la humanidad descubrirlo?

Merrick no sólo representa a un individuo que tiene que lidiar con los demás para establecer que es un individuo digno de respeto a pesar de sus marcadas diferencias físicas. También representa la búsqueda de los hombres en una época de cambios y caos. La revolución industrial no es un simple paso en la evolución humana, es uno de los avances más grandiosos en ésta. Después de siglos y siglos de sobrevivir en sociedades agrícolas que necesitaban de una figura que las protegiera de saqueos e invasiones (a cambio de su lealtad, fuerza laboral y todas sus posesiones, por supuesto) las personas tienen la oportunidad de tener máquinas para hacer más eficiente su trabajo, de construir sus propias empresas y mejorar su vida. Si bien es cierto que no existía una infraestructura que albergara a todos los que se fueron del campo a la ciudad, que no existían instituciones que “protegieran los derechos del trabajador”, que no existía el mundo como lo entendemos hoy, esas personas dedicaron todo su empeño para solventar dichos problemas, porque tenían la oportunidad de sobrevivir y no morir de hambre por la carestía.

Las ideas filosóficas del renacimiento y la ilustración constituyen parte de la base de estos cambios. El ser humano se preguntó qué lo hacía humano y no se conformó con la respuesta que había obtenido durante siglos. El ser humano se preguntó cómo podía mejorar su vida en la tierra y buscó alternativas que le permitieran vivir mejor. El proceso no ha sido sencillo, pero siempre que recordemos que somos seres humanos, dotados de razón y fuerza para mejorar nuestro mundo, encontraremos alternativas para conservar nuestra dignidad humana.

Mientras, dejo de quejarme


Christopher Gardner: It was right then that I started thinking about Thomas Jefferson on the Declaration of Independence and the part about our right to life, liberty, and the pursuit of happiness. And I remember thinking how did he know to put the pursuit part in there? That maybe happiness is something that we can only pursue and maybe we can actually never have it. No matter what. How did he know that?

Yo siempre he tenido una capacidad asombrosa para quejarme, en especial cuando me cuesta hacer algo y creo que a los demás se les hace muy fácil. Supongo que siempre es más sencillo pensar que sólo a mí me cuesta, que no tengo la fuerza, la inteligencia, que para todo tengo que esforzarme el doble. A veces me pongo dramática y me peleo con el mundo, con mi suerte. Otras veces ocurre que me cruzo con una película en la televisión, por ejemplo, y entonces tengo que reconocer que de vez en cuando hay que sudar la camisola si uno quiere obtener y conservar lo que quiere obtener y conservar.

Hace unos días alguien me dijo que las novelas históricas siempre cuentan la historia de unos pocos, pero que la historia es construida por la gente común. Lamento no estar de acuerdo con esa persona, porque creo que la historia sí está escrita por unos pocos seres humanos excepcionales. Quizás a algunos las cosas les cuesten más que a otros, quizás tengan que esforzarse el doble para lograr sus sueños, así como el protagonista de The Pursuit Of Happyness tuvo que hacer seis meses de entrenamiento sin paga en la empresa de corredores de bolsa sólo para tener la oportunidad de quedarse con el trabajo. Quizás este personaje tenga razón y la felicidad no es nuestro derecho, porque lo que merecemos es la oportunidad de luchar por alcanzarla.

Al final de esta pequeña reflexión de lunes, les dejo un video que puede resultarles interesante. Este señor habla sobre cómo cambiar nuestro esquema mental para mejorar nuestro trabajo y nuestra vida.

Atlántida, el destino ideal


Escrito por Luis Eduardo Barrueto [SPOILERS MENORES DE LA REBELIÓN DE ATLAS]

Me he encontrado en varias ocasiones con una objeción que me llama mucho la atención sobreLa rebelión de Atlas en lo específico, y sobre la filosofía de Rand en general. Se resume en una frase que he escuchado de al menos dos personas: “ella era aristotélica en sus premisas pero platónica en sus conclusiones”. Por supuesto, si alguien le hubiera dicho esto a Ayn Rand, probablemente ella se hubiera desmayado o habría reunido las fuerzas para golpear a esa persona por la contradicción que eso supone, pero demos un poco de espacio al argumento para desarrollarse: La propuesta de una revolución moral y su representación en la ficción como la figura de Atlántida a la que los cerebros del mundo se retiran para fundar su sociedad es la que resulta un tanto increíble para los lectores, porque en un primer análisis parece que abandona su realismo por una suerte de “idealismo”.

Sin embargo, ese “idealismo” con que etiquetamos el final estilo Hollywood de la novela no es el mismo “idealismo” con que etiquetamos a Platón y su filosofía, sintetizada popularmente por el mito de la caverna que aprendimos en la secundaria. Si visitamos la teoría estética de Rand descubriremos que en el arte ella se proclamaba una “realista romántica” y la Atlántida jugaría el papel del ideal de normas que deberían regir a los hombres racionales, pero un ideal que es alcanzable.

¿Alcanzable, la Atlántida?

Llegar a términos con un autor es difícil, pero creo que es bastante obvio decir que Ayn Rand no estaba haciendo un llamado literal a la huida de los empresarios a una provincia oculta entre las montañas donde pueden inventarse su propia sociedad from scratch.

La discusión sobre las normas que rigen a la sociedad tiene dos lados, uno normativo (lo que debería ser) y uno positivo (lo que es):

El normativo es al que Rand nos introduce en su obra. El único código moral correcto para los hombres racionales es el del egoísmo racional, que en el plano político se traduce en el respeto de los derechos individuales y su corolario, la libertad política y el capitalismo laissez-faire.

El positivo o descriptivo ha pasado más desapercibido, pero existe. Se trata de la obra de personas influidas por Rand pero también por otros autores liberales: Peter Leeson por ejemplo. En Leeson (2010) hay una revisión en la historia de cómo las reglas creadas por el gobierno suelen ser ineficientes, cuando menos, y perniciosas, casi siempre, para regular el comportamiento humano. En contra de las prescripciones de la filosofía de Descartes, Hobbes y sus seguidores, Leeson identifica que de hecho los seres humanos suelen portarse comparativamente mejor cuando se deja a su voluntad su propio uso de la razón, que cuando un aparato coercitivo les remueve esa facultad. Desde la conquista del Oeste hasta la ley mercantil internacional hay varios casos puntuales de “pockets of anarchy” o espacios en los que todas las reglas son creadas endógenamente, que demuestran que la visión que en la Atlántida se plantea como un ideal han de hecho ocurrido de forma aproximada en el mundo real.

Como verán, los dos tipos de literatura se complementan. El teórico puramente descriptivo apoya la visión que en Rand se convierte en un ideal alcanzable y que deberíamos elegir como valor, para defenderlo y procurar que se haga realidad.

Razones para leer o dejar de leer a Rand


Hace unos días me dijeron que debería cambiarle de nombre al Centro de Estudio del Capitalismo y ponerle “Centro de Estudios Randianos”, porque según esta persona sólo leemos a Rand y pensamos que ella, que es la cara menos amable del capitalismo, es la panacea para defender estas ideas. Mi respuesta dejó de lado que cualquier objetivista que se respete no dejará que le digan “randiano”, que ningún autor es “La” panacea de las ideas y que las caras amables muchas veces son engañosas. Lo cierto es que en los diálogos del CEC no sólo hablamos de la obra de Rand, aunque definitivamente sus novelas son nuestro punto de partida. Considero que hay razones buenas y malas para leer o dejar de leer a ciertos autores, para descalificar ciertas obras o pensar que son requisitos esenciales para una buena educación. Yo no me atrevería a descalificar a García Márquez como narrador por ser comunista o a Vargas Llosa porque dejó de serlo. Entiendo que sus ideas políticas estarán presentes en sus obras y ello sólo me servirá para tener un contexto completo y plantear mis juicios a partir de él. Admito que me dan un poco de desconfianza aquellos que aseguran que un libro te cambiará la vida o los que creen que es obligatorio leer a los clásicos porque son lo único en la literatura que vale la pena; porque, finalmente, la lectura es nuestra oportunidad para participar de un diálogo de siglos en que miles de autores nos invitan a reflexionar sobre las grandes preguntas de la humanidad, sobre los temas que nos han desvelado desde siempre.

No es un secreto que la lectura no es el pasatiempo favorito de muchos guatemaltecos, que los jóvenes deben tener mejores cosas que hacer, que dedican su tiempo a alimentar otras grandes pasiones. Entonces, ¿por qué pedirles que lean las novelas de Rand? Porque a la señora se le ocurrió que era una buena idea decir que los empresarios pueden ser héroes, que los personajes ideales nos sirven para imaginar cómo podríamos ser. No digo que sus héroes sean perfectos, que no cometan errores o que haya que imitarlos al pie de la letra. Ella no escribió manuales para que dejemos de cuestionarnos nuestras propias decisiones y sólo acudamos por la respuesta a la página tal, inciso tal del libro de la vida según Rand. Entre tantos libros que nos advierten sobre los sistemas totalitarios de gobierno, que nos hablan de los horrores de la guerra, que nos hacen cuestionarnos sobre el bien y el mal y nos dicen todo lo que no hay que hacer para ser felices, ella decidió poner ejemplos de individuos que luchan por sus propios sueños, por sus empresas, por su vida. No para que abandonemos nuestra mente, sino para que dejemos de pensar en términos de psicología inversa y veamos al ideal de frente.

¿Hay otros auotores que defienden el capitalismo? Definitivamente. Muchos lo hacen desde el mundo de la no ficción y lo justifican económica y políticamente. Rand lo hace desde el mundo de la ficción y lo justifica moralmente, en su libro Capitalismo: el ideal desconocido dice que “La justificación moral del capitalismo no recae sobre el reclamo altruista de que representa la mejor forma para alcanzar “el bienestar general”. Es verdad que el capitalismo lo logra, si acaso esa frase altisonante tiene algún significado, pero será meramente una consecuencia secundaria. La justificación moral del capitalismo descansa en el hecho de que es el único sistema en consonancia con la naturaleza racional del hombre, que protege la supervivencia del hombre en cuanto hombre y donde su regla básica es: la justicia”. ¿Ella tiene la última palabra al respecto? No, ella nos ofrece una base, nos toca a nosotros construir nuestros conceptos, nuestro mundo a partir de ahí. ¿Hay otros caminos para establecer estos conceptos? Por supuesto, le toca a cada uno cuestionarse y buscar sus propias respuestas, con Rand o sin ella.

Puedo pensar en cientos de razones para leer o no leer a un autor, pero no puedo justificar a nadie que critique a un autor sin haberlo leído y no me refiero a sólo haber sostenido en sus manos el libro y haber recorrido con la mirada sus líneas, me refiero a haberlo leído y cuestionado a profundidad.