Al final el problema es filosófico


Un hombre de negocios piensa que por ser exitoso está obligado a retribuirle a la sociedad por lo que la sociedad le ha dado, así que decide hacer escuelas y obligar a otros empresarios a hacer lo mismo. Un señor piensa que debe pagar más impuestos porque gana más y decide obligar a otros a hacer lo mismo. Una señora piensa que está mal que ella pueda comprar un jamón caro para la cena, cuando hay tanta gente que se muere de hambre, decide no comprar el jamón y obligar a otros a que tampoco compren jamones. Un joven piensa que las industrias matan al planeta y piensa que debe oponerse a toda clase de industria para ayudar a los pobres, así que decide hacer una campaña para hacer que otros se opongan a las industrias. Otra joven piensa que no es justo que ella asista a un colegio privado mientras hay otros que van a una escuela pública, a ninguna escuela, y decide que es necesario abolir las escuelas privadas para que todos tengan la misma educación. Otros tantos ven que todo esto pasa y deciden no hacer nada, no opinar al respecto.

El mundo está lleno de personas y cada uno de nosotros debe lidiar con problemas que tienen que ver con nosotros mismos y con esos otros que nos rodean, en principio se trata de la convivencia en sociedad. Debemos tomar decisiones que nos afectan, que afectan a otros y la relación que tenemos con ellos. Esa convivencia se convierte en un problema filosófico cuando debemos afrontarla en términos del “deber moral”, ¿debemos velar por nuestro beneficio o por el beneficio de los otros? ¿Debemos cuidar de nosotros mismos o de los demás? Hay personas que deben tomar decisiones que afectan a poca gente, otros deben decidir por millones. Sin embargo, la escala de nuestra influencia no es el tema principal, el asunto que debería interesarnos es la filosofía detrás de nuestras decisiones y opiniones. Si creemos que estamos obligados a compensar a los otros porque somos mejores, porque tenemos más que otros, porque destruimos al mundo con las industrias, actuaremos acorde a dicha idea, intentaremos limpiar la culpa de nuestra conciencia y  justificar nuestra existencia con sacrificios. Si, por el contrario, creemos que el mundo puede ser un lugar mejor y debemos construirlo, que somos seres capaces de crear obras grandiosas, que no somos los “guardianes de nuestros hermanos”, que al buscar nuestro propio beneficio y dejar de obligar a los otros a hacer lo que creemos que deben hacer, también actuaremos conforme a dichas ideas.

El “deber moral” es un concepto popular en la filosofía y está vigente en la actualidad gracias a pensadores como Kant, que estableció que las personas no deberían actuar de acuerdo a sus caprichos o intereses personales, sino en base a leyes universales que no dependen del contexto específico en que hay que tomar una decisión; estos imperativos categóricos están basados en la razón; sin embargo, no hay que perder de vista que para Kant la razón no tiene fundamento en la realidad dado que las personas no tienen acceso a ésta, así que no se interesa por la ley de la causalidad. Tampoco hay que olvidar que si bien para Kant la virtud moral no es altruista, tampoco es egoísta, puesto que dice que si una persona encuentra beneficio de sus acciones ellas carecen de virtud. Así el deber moral se convierte en algo que tengo que hacer sin cuestionar, respondiendo a una autoridad universal que no conozco y ello sólo tendrá valor moral si no me trae beneficio.

Que el mundo sea un lugar mejor depende de nosotros, de eso no cabe duda, lo que deberíamos empezar a cuestionarnos es si cada individuo tiene el deber de cuidar a los otros, de responder a leyes universales sin cuestionarlas, a obligar a los demás a actuar de acuerdo a esas leyes.

¿De qué te ríes?


Hay un capítulo de Los Simpson donde Bart le vende su alma al diablo, al principio todo va bien pero luego empieza a preocuparse y le pide ayuda a Lisa. Ella quiere comprobar si Bart realmente perdió su alma, así que hace que ambos vean algo gracioso, ella ríe y él no. Lisa le dice a Bart que la risa es el lenguaje del alma y éste le contesta que conoce el trabajo de Neruda, que se deje de cosas y lo ayude. Al final Bart recupera su alma y termina el programa. Sin ánimo de entrar en discusiones teológicas sobre la naturaleza del alma, pero con el acuerdo de que representa la esencia del ser, me interesa explorar cómo la risa habla de nosotros y nuestros valores.

Una mañana estaba en clase y le dije a mis alumnos que les iba a poner un video para ilustrar el tema del que estaba hablando, cuando hago ese tipo de ejercicios suelo dejar que ellos me muestren un video que les guste, ya sea para despertarlos un poco o para recuperar su atención. El video que ellos pidieron ese día fue el de un niño indio bailando:

Se rieron de buena gana. Cuando el video terminó les pregunté por qué les gustaba, qué les hacía gracia. El siguiente video que les puse fue éste:

Al final les pedí que comparáramos ambas historias. En términos generales, cuentan cómo dos niños sienten el impulso de bailar. En el primero hay una burla, un niño gordo que baila. En el segundo hay una niña enérgica que hace bailar incluso a sus osos de peluche, y aún cuando la acción es básicamente la misma, ambas formas de ver el mundo son diametralmente opuestas.

Reírnos de algo implica que aligeramos en cierto grado situaciones o ideas. De hecho, solemos reírnos de las religiones, razas, ciertas tragedias, de problemas, de los políticos, los borrachos, los infieles, los enfermos y nosotros mismos. No creo que ello esté mal porque a veces necesitamos esa cachetada para reconsiderar si nos estamos pasando de la raya promoviendo algunas ideas de forma obsesiva e irreflexiva, pero tampoco deberíamos pasar toda la vida sin tomarnos las ideas en serio, sin tomarnos en serio al ser humano y nuestra visión del mundo. La risa es un mecanismo de defensa con el que nos protegemos de la cruda realidad, pero esos escudos pueden invalidar la necesidad que tenemos de tomar ciertas acciones para mejorar nuestra vida. No se trata sólo de burlarnos de los empleados públicos corruptos, también debemos tomar acciones al respecto. No se trata de restarle valor a las creencias de los demás, se trata de establecer diálogos para discutir las ideas. No se trata de reírnos todo el tiempo, se trata de comprender cuáles son nuestros valores y entender cuándo debemos defenderlos.

Escuelas como cárceles


Imagen tomada de: http://bit.ly/12tp3K2

Imagen tomada de: http://bit.ly/12tp3K2

 

A mí me gustaba ir al colegio. Mi casa estaba lejos de todo, no tenía vecinos, así que ahí era el lugar donde estaban mis amigos. Recuerdo mi primer día de clases, mis papás me metieron a preparatoria a los 5 años y no pasé por todos los grados que los niños pasan ahora antes de llegar a prepa. Pasé en el colegio trece años y en la universidad cinco más y no recuerdo mucho de mi vida escolar. Una vez intenté sacar el libro de historia para copiar en un examen, pero como no había leído, no tenía idea de qué buscar y fue de poca ayuda, ni siquiera logré hacer trampa. Otra vez, para una Semana Santa, me dejaron de tarea escribir los números de uno a un millón. Superé la clase de geografía, aunque todavía soy bastante mala con los accidentes geográficos. No fui una alumna excepcionalmente buena ni excepcionalmente mala. Supongo que siempre me mantuve en el promedio, con buenas notas y un comportamiento aceptable. Esos años constituyen una parte de lo que soy ahora, pero ¿es suficiente tener una noción del valor de mi educación? ¿Vale la pena invertir tanto tiempo, esfuerzo y dinero en una experiencia de la que después no se puede sacar una idea concreta de para qué nos sirve? Sí, me enseñaron a leer, a escribir; era buena en matemática, pero mi tía fue la que me enseñó a usar la regla de 3, algo que uso mucho más que la factorización.

A mi sobrino le dejaron de tarea hacer un cartel ilustrado con las reglas para coser diferentes tipos de tela. Si él no estuviera en primero primaria, si tuviera que zurcir un calcetín de vez en cuando o si le importara la diferencia entre la lana, el algodón y el poliéster, por algo más que saber por qué el material de su suéter pica, pensaría que esa tarea le va a servir de algo, que quizás su experiencia con la educación formal y el colegio va a ser mejor que la mía, pero no es así. El colegio en el que él estudia sigue siendo el mismo colegio en que estudié yo, en el que estudiaron mis papás, mis abuelos, creo que incluso sigue teniendo muchos de los contenidos curriculares del siglo XIX.

La escuela es uno de esos lugares en los que los niños pueden aprender muchas de las cosas que necesitan para la vida, pero no estas escuelas que tenemos en la actualidad y que han sido, parafraseando lo que dicen en el documental “La educación prohibida”, construidas a imagen y semejanza de las cárceles y las fábricas, donde los niños tienen que obedecer timbres que les dicen cuándo pueden comer y cuándo no, cuándo tienen que escribir y cuándo tienen que ejercitarse. Sé que no estoy sola con mi idea de la necesidad de una evolución en las escuelas tradicionales, necesitamos convertirlas en espacios donde estimulen la libertad, la creatividad y el pensamiento independiente.  Sir Ken Robinson en sus charlas de TED nos cuenta un poco de la historia de la educación moderna, nos habla de los modelos educativos post revolución industrial y plantea cómo las escuelas dejaron de responder a las necesidades de las personas, cómo aniquilan a los creadores en potencia. En la primer media hora de “La educación prohibida” también nos dan ese contexto histórico y luego nos hablan de cómo aprenden los niños.

Una de las conclusiones que saco en claro de esos planteamientos y esas ideas revolucionarias, es que tenemos que lograr que la escuela se separe del Estado. No podemos seguir dejando la educación en manos de los gobiernos, ellos no han hecho un buen trabajo y no saben cómo empezar a hacerlo. Para que en una escuela se le enseñe al niño a ser libre, primero tiene que ser libre la institución, elegir su propio currículo, elegir su propio horario y su forma de educar. Los que dicen qué se debe estudiar en las escuelas públicas y privadas no son los maestros, ni siquiera los dueños de los colegios o los directores, son burócratas a los que no les interesan los individuos. Nos quejamos todo el tiempo de lo mal que está la educación, la juventud, los acusamos de no leer y de no interesarse, quizás es tiempo de una revolución de ideas que ayude a nuestros jóvenes a interesarse por aprender a aprender, en lugar de darles un montón de conocimiento estéril que olvidarán pronto y que no significará algo para ellos.

¿Cómo te imaginas un mundo mejor?


Imagen tomada de: http://bit.ly/9ws3Sk

Imagen tomada de: http://bit.ly/9ws3Sk

La pregunta lanzada al aire fue ¿cómo se imaginan un mundo mejor? Hubo una pausa musical y luego el locutor recibió una llamada. La voz pertenecía a una mujer joven, habló del tránsito en la calle y luego dijo que ella creía que el futuro sería mejor si le damos trabajo a la gente. Dijo que Guatemala es un país muy lindo, pero que tiene grandes problemas como violencia, delincuencia, pobreza, que ella pensaba que la solución a todo eso era generar trabajos, que sólo vamos a superar nuestros problemas trabajando. Contó que ella desde niña pensaba que lo que quería hacer de grande era darle trabajo a la gente y que se dedicaba a eso. Le dio las gracias al locutor y se despidió. Yo me quedé pensando en sus palabras y dejé de prestarle atención a la música. Yo estoy de acuerdo con esa chica, si queremos resolver los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad debemos trabajar y yo le agregaría a eso que también debemos sentirnos orgullosos por nuestro trabajo, orgullosos de ganar dinero, de ser productivos.

Yo tuve mi primer trabajo a los 14 años. Una tía me contrató como “vacacionista” para empacar regalos de navidad en su tienda. Lo primero que compré con el dinero que gané fueron zapatos y recuerdo esa agradable sensación de comprar el tipo de zapato que yo quería, porque era mi dinero y eso me daba la libertad de elegir. De ese tiempo para acá he seguido trabajando, tanto formal como informalmente, a veces he ganado más y a veces he ganado menos y eso la gente lo ve normal, pero si hubiera ganado mucho, muchísimo con algún buen negocio ya me hubiera topado con un prejuicio que le va quitando el orgullo al trabajo, esa vieja idea de “eso es demasiado, está ganando demasiado”. Me he preguntado muchas veces cómo pasamos de creer que el trabajo que te da lo suficiente para mantenerte o mantener a tu familia de manera digna es virtuoso y el trabajo que te da millones ya es pura avaricia. Quizás se nos olvida un punto importante del que habla Francisco d’Anconia en La rebelión de Atlas:

¿Alguna vez os habéis preguntado cuál es el origen del dinero? El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen. ¿Es eso lo que consideráis malvado? (…)

Pero el dinero es sólo un instrumento. Te llevará donde desees, pero no te sustituirá como conductor. Te dará los medios para la satisfacción de tus deseos, pero no te proveerá con deseos. El dinero es la plaga de los hombres que intentan revertir la ley de causalidad – los hombres que buscan reemplazar la mente adueñándose de los productos de la mente.

El dinero no comprará la felicidad para el hombre que no tenga ni idea de lo que quiere; el dinero no le dará un código de valores si él ha evadido el conocimiento de qué valorar, y no le dará un objetivo si él ha evadido la elección de qué buscar. El dinero no comprará inteligencia para el estúpido, o admiración para el cobarde, o respeto para el incompetente. El hombre que intenta comprar los cerebros de sus superiores para que le sirvan, reemplazando con dinero su capacidad de juicio, acaba por convertirse en la víctima de sus inferiores. Los hombres de inteligencia lo abandonan, pero los embaucadores y farsantes acuden a él en masa, atraídos por una ley que él no ha descubierto: que ningún hombre puede ser inferior a su dinero. ¿Es ésa la razón por la que lo llamáis malvado? (…)

El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciáis sobre la fuente de vuestro sustento es el veredicto que pronunciáis sobre vuestra vida. Si la fuente es corrupta, habéis condenado vuestra propia existencia. ¿Adquiristeis vuestro dinero por fraude? ¿Cortejando los vicios o estupideces humanas? ¿Sirviendo a imbéciles con la esperanza de conseguir más de lo que vuestra capacidad se merece? ¿Rebajando vuestros principios? ¿Realizando tareas que despreciáis para compradores que desdeñáis? En tal caso, vuestro dinero no os dará ni un momento, ni un centavo de alegría. Todo cuanto compréis se convertirá, no en una honra para vosotros, sino en un reproche; no en un triunfo, sino en un evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malvado. ¿Malvado, porque no sustituye al respeto que os debéis a vosotros mismos? ¿Malvado, porque no os dejó disfrutar de vuestra depravación? ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?

El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazaros como la causa. El dinero es el producto de la virtud, pero no os dará la virtud y no redimirá vuestros vicios. El dinero no os dará lo inmerecido, ni en materia ni es espíritu.” (Pueden leer el discurso completo acá)

El producto de nuestro esfuerzo, el producto de nuestro trabajo no debería ser desestimado calificándolo de “demasiado”. Además, yo sé cuánto es demasiado para mí, pero jamás me atrevería a decir cuánto es demasiado para alguien más. Entiendo que no toda la gente con fortunas se las han ganado por las buenas, por ello admiro a aquellos que se niegan a obtener subsidios del gobierno, que no hacen trampas, que se niegan a despojar a otros de lo que les pertenece. Admiro a las personas que se sienten orgullosas de su trabajo, del producto de su mente y sus decisiones.

Como se lo diría a René


Imagen tomada de: http://bit.ly/sOwRhn

Imagen tomada de: http://bit.ly/sOwRhn

Uno enciende la radio y se topa con una extensa muestra de la visión del mundo de cantantes, compositores, radioescuchas y locutores. Abundan canciones cuya letra es una frase que se repite, se repite, se repite. Otras, sólo tienen buen ritmo y otras tantas pasan por ruido de fondo hasta que uno se da cuenta que se le quedaron pegadas todo el día. Dentro de toda esa biodiversidad puede que uno encuentre algunas piezas que no por comerciales carecen de sentido. En ese panorama me he topado con algunas canciones de Calle 13 y después de escucharlas he llegado a tener discusiones bizantinas en las que he defendido, pocas veces con éxito, a René Pérez, vocalista del grupo. En tres discos he visto un cambio en sus letras, desde las rimas ingeniosas para que salgas del clóset, pasando por la rabia contra los reguetoneros, hasta llegar a su último disco, con protesta social y todo. Yo sé que él es socialista, supongo que no está de acuerdo con el libre mercado y que está lejos de apoyar el capitalismo, pero creo que es un tipo listo, con potencial, a quien quizás sólo le falta cuestionar un poco más, leer a otros autores, discutir sin estar a la defensiva.

Lo que pienso de su música es que si después de oír la letra de la Perla: “La policía que se tira sin pena rompiendo mi casa pa’ cobrar la quincena/ Aquí nació mi mai, hasta mi bisabuela…éste es mi barrio, yo soy libre como Mandela / Cuidao’ con la vieja escuela, que no te coja, que te va meter con chancletas y palos de escoba…/ Así que no te me pongas majadero, porque yo vengo con apetito de obrero…/ A comerme a cualquiera que venga a robarme lo mío…/ Yo soy el Napoleón del caserío.” Algún joven se pregunta por qué “libre como Mandela”, quién fue Napoleón y por qué ambos son importantes en la historia del mundo, esa canción habrá hecho más de lo que hacen algunos maestros de escuela que solo le enseñan a los niños fórmulas de conocimiento prefabricado.

René anda por ahí pidiendo educación pública gratuita y apoyando a movimientos estudiantiles y entonces me desilusiona un poco y me dan ganas de pedirle que reconsidere algunos puntos fundamentales: sí, la educación es importante, pero también es importante quién paga por ella. No podemos pedirle al gobierno que nos dé educación y después pretender que no se meta en el tipo de educación que nos da. No existe el amor sin interés, ningún gobierno da nada de gratis, las escuelas públicas no son centros para que los individuos se eduquen, de ahí sale tanto niño indoctrinado que no se cuestiona qué está mal en la raíz, quiénes son los villanos que le roban oportunidades, quiénes se aprovechan de su vida. Si ha habido luchas para separar a la iglesia del Estado, para que la gente tenga libertad de culto, ¿por qué no luchamos para separar la educación del Estado, para que la gente tenga libertad de pensamiento? Sí, la educación es importante, pero ello no implica que la educación sea una cuestión académica, algo que solo se obtiene en un salón de clases, no todas las personas necesitan salir de la universidad para ser exitosos y felices. Sin embargo, todas las personas exitosas saben que la felicidad solo se obtiene por esfuerzo propio, con una lucha constante y ganas de ser mejor, de estar mejor. Yo no tengo todas las respuestas, no podría decir que los estudiantes necesitan tal o cual materia para ser exitosos. Lo que sé es que las personas necesitan ser libres, elegir qué les conviene más y ser responsables de buscarlo. Cada individuo necesita saber que su derecho llega hasta donde empieza el derecho del otro, que el gobierno debe velar por el respeto a esos derechos, y que la constitución sirve para cuidar a los ciudadanos del gobierno.

¿Por qué me dan ganas de discutir con René? Porque dentro del ruido que puede haber en sus letras, encuentro cosas como esta: “No puedes comprar mi vida./ Mi tierra no se vende. / Trabajo en bruto pero con orgullo,/ Aquí se comparte, lo mío es tuyo. / Este pueblo no se ahoga con marullos, /Y si se derrumba yo lo reconstruyo.”  En la que encuentro a un hombre orgulloso de su trabajo, de su fuerza, alguien generoso, que puede lidiar con sus contradicciones y ser esa voz que escuchan millones de personas y que puede llevarlos a preguntarse qué fundamento filosófico sirve de base para afirmar que “No puedes comprar mi vida”.

La panacea de la dictadura


6927_292420110631_2841317_nAyer fui a un seminario donde alguien dijo que una dictadura es lo que se necesita para establecer un sistema capitalista en el país. Eso me llevó a preguntarme por qué creemos que un dictador haría ese trabajo en lugar de pensar en que necesitamos una revolución moral, una revolución de ideas. Traía esta pregunta en mente y lo comenté con mi vecina de escritorio, así que Lucy Rodríguez me dejó leer sus reflexiones sobre el tema, y me dejó compartir acá “La panacea de la dictadura” :

Recuerdo cuando estaba en el colegio, sin importar el malestar que sintiera la panacea siempre era la misma: vaya a pedir un té de pericón. La queja podía ser me duele la cabeza, tengo cólicos, me duele la espalda o el estómago, la recomendación no cambiaba: tómese un té de pericón. Aunque al principio me frustraba, luego fui más comprensiva, no podía esperar que maestras de colegio me dieran una solución que sólo alguien con conocimiento médico podía darme.
Hoy experimento una frustración similar en las aulas de ciencia política, sin importar el problema guatemalteco que estemos analizando, la panacea siempre es la misma: ¡dictadura, dictadura! La discusión puede tratarse de corrupción, el problema del crimen organizado, la debilidad en la estructura estatal, la falta de alcance, inestabilidad, desorden, ingobernabilidad, todos parecen tener la misma receta: dictadura.
Me he dado cuenta que es una respuesta apresurada y superficial que no toma en cuenta muchos factores. Uno de ellos es el hecho que Guatemala no cuenta con una maquinaria estatal lo suficientemente eficiente como para que las acciones de este mesiánico dictador se lleven a cabo. Por muy brillante, amante de la patria y sabio que sea el dictador, si no cuenta con un personal competente dentro de su gobierno, difícilmente puede llevar a cabo su milagroso plan para mejorar Guatemala. Sin la estructura necesario, en vez de tener un dictador a la cabeza, se tiene a un autoritario con delirio de grandeza que da órdenes que se marchitan en el camino.
Aún más peligroso fuera si nuestro país contara con tal estructura, tendríamos una figura en el poder con pocos límites, sin ser sujeto de rendición de cuentas a quien nadie podría controlar. Sin importar lo intachable que fuera esta persona, en palabras de Lord Acton “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. No existirían mecanismos para enderezar a este dictador si se perdiera en el camino.
Lo más triste es que la panacea sólo mantiene vigente la tendencia a endosarle los problemas a alguien más. -¿Quién arregla esto? – ¡Zafo! Que lo arregle el dictador, este país está tan enredado que yo no puedo desatar este nudo. Una dictadura no hace más que reforzar la tradición paternalista, pues no ubica la responsabilidad de sacar al país adelante en la sociedad sino en un personaje al que se le ve con capacidades extraordinarias.
En adición un dictador no respeta los derechos de la población, no tiene por qué hacerlo. No es la población quien lo elige, no representa a la ciudadanía, no hay motivo alguno por el que deba respetar a la sociedad que gobierna. Su misión es reestablecer el orden y sus medios pasan por encima de los derechos de los habitantes del país. Antes de recetar un dictador sería bueno preguntar a los alemanes, a los norcoreanos, a los ugandeses, sin ir tan lejos, a los cubanos o a los venezolanos, como les supo la medicina.

Lo que existe en el mundo es resultado del trabajo de alguien


Imagen tomada de: http://bit.ly/Yum29T

Imagen tomada de: http://bit.ly/Yum29T

We were excited about getting jobs; we hardly went anywhere without filling out an application. But once we were hired – as furniture sanders – we could not believe this was really what people did all day. Everything we had thought of as The World was actually the result of someone’s job. Each line on the sidewalk, each saltine. Everyone had a rotting carpet and a door to pay for. Aghast, we quit. There had to be a more dignified way to live. We needed time to consider ourselves, to come up with a theory about who we were and set it to music.”  (Something That Needs Nothing, es parte de la colección de cuentos que Miranda July publicó con el título de No one belongs here more than you)

El cuento habla de dos jovencitas que se escapan de sus casas y se van a vivir juntas. Saben que tienen que conseguir dinero, así que deciden buscar trabajo. Una de ellas va por la calle y, de pronto, es sacudida por un pensamiento: todo lo que concebía como El Mundo era, de hecho, el resultado del trabajo de alguien. La historia sigue y la autora relata las formas poco ortodoxas en que las chicas se ganan la vida, su separación, su reencuentro; explora ámbitos de la existencia humana que yo no voy a abordar, porque quiero centrarme en ese instante en que una persona sale a la calle y es consciente de que la ciudad a su alrededor existe porque fue construida por alguien. Olvidarnos del proceso que lleva construir las cosas y dar por sentado su existencia, puede llevarnos a pensar que debemos “redistribuir” la riqueza porque “existe” o que “tenemos” libertad y no es necesario ganarla o defenderla.

Es común que las quejas sobre la pobreza en el mundo estén relacionadas con el capitalismo, mucha gente piensa que hay pobres en el mundo debido a que hay ricos, que el capitalismo produce pobres; es decir, que los “ricos” se quedan con los bienes y despojan a los otros de ellos. Sin embargo, como explica Ayn Rand en El manantial, “Nada nos es dado en la Tierra. Todo lo que necesitamos debe ser producido. Y aquí el ser humano afronta su alternativa básica, la de que puede sobrevivir en sólo una de dos formas: por el trabajo autónomo de su propia mente, o como un parásito alimentado por las mentes de los demás. El creador es original. El parásito es dependiente. El creador enfrenta la naturaleza a solas. El parásito enfrenta la naturaleza a través de un intermediario.” Cuando una sociedad sienta sus bases en la libertad individual, los individuos serán responsables de construir el mundo a su alrededor. Cooperarán entre ellos, dividirán las labores, ofrecerán bienes y servicios a cambio de bienes y servicios. Comprenderán que depende de ellos lograr la vida que desean, no porque su fin sea eliminar la pobreza de todos, sino porque quieren vivir mejor para ellos mismos. Si tenemos una sociedad de individuos que todavía esperan que el señor feudal, el rey o el estado construyan y le provean, si pensamos que existe una cantidad limitada de riqueza en el mundo y que no se puede producir más, si pensamos que podemos vivir mejor a costa del esfuerzo de otros, entonces tendremos un mundo de pobreza y canibalismo, donde el hombre es el enemigo del hombre.