Todo en exceso


Imagen tomada de: http://bit.ly/10vBWrk

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Surplus: Terrorized Into Being Consumers es un documental de 54 minutos en el que Erik Gandini nos cuenta cómo nos hemos convertido en una raza que produce en exceso, consume en exceso y ha perdido ideas en exceso. Nos cuenta su historia con imágenes tremendistas, con frases repetitivas, música electrónica y cierta ironía. Considero que su idea fundamental, a grandes rasgos, es hacer un retrato de personas que han perdido la noción de valores por el consumo de cosas que no necesitan para sobrevivir. Para sustentar su punto presenta ideas de John Zerzan, el filósofo y anarquista que propone que deberíamos destruir nuestras ciudades, calles y tecnología, para volver al estado en que estaba la civilización en la edad de piedra, cuando los seres humanos eran cazadores-recolectores. También presenta a un joven que habla de la variedad de muñecas inflables que se producen en la fábrica en que trabaja, a una señora cubana que explica cómo funciona su cartilla de racionamiento, a una chica cubana que cuenta cómo se impresionó ante la cantidad de comida y productos a los que tuvo acceso en un viaje que hizo a Inglaterra, y a Mike Balmer dando brincos y alaridos en una charla motivacional en Microsoft.

Después de cuestionarnos y mostrarnos enormes depósitos de llantas usadas, termina su docuemental sin profundizar mucho en su tema, sin ofrecer soluciones o conclusiones. Lo que me pareció interesante de su propuesta no fueron las ideas de Zerzan y ese desprecio por la industria humana, por los logros que hemos alcanzado como civilización, que si bien han causado problemas, la “destrucción” de la tierra, nos han ayudado a tener mejores y más largas vidas. Si cada una de esas llantas en el enorme basurero equivalen a la cura de una enfermedad, a un mejor medio de transporte, a un invento que hace mi vida más fácil, creo que son un costo que estamos pagando y no un castigo. Tampoco me pareció nuevo que la chica hablara  con tanto entusiasmo de la hamburguesa que se comió, porque suele pasar que nos entusiasmemos con aquello que descubrimos por primera vez. Me pareció interesante que hiciera énfasis en que en Cuba no se producen muchas cosas porque les “alcanza” con un solo tipo de pasta de dientes, por ejemplo, pero que sí se producen muchos símbolos. El regimen no nos vende cachivaches, nos vende ideas y las consumimos sin cuestionarlas, de ahí que las playeras con la efigie del Ché se vendan tan bien.

Aunque no profundiza en la información que presenta, ni parece ser su intención hacer algo más que sorprendernos y dejarnos sintiendo culpables por lo inconscientes de somos a la hora de consumir, me recordó una idea que siempre me ha parecido importante discutir: ¿quién establece cuánto es demasiado? Habrá personas que piensen que es correcto que el gobierno regule la cantidad de soda que les venden en las cadenas de comida rápida o que el gobierno le ponga un freno a las personas que fuman “demasiado” o que regule los límites de velocidad a los que se puede circular en las carreteras. Habrá quien piense que la riqueza está mal distribuida en el mundo y alguien debería obligar a los ricos a que le den a los pobres. Por suerte, también creo que habrá quienes coincidan conmigo en que el concepto de “demasiado” es relacional, depende del contexto del sujeto y es personal. Nadie puede decirle a otro que tiene demasiado, porque no puede juzgar al otro sino en base a un criterio aplicado a sí mismo. Si ya tenemos mucho de todo, quizás es tiempo de establecer nuestros valores prioritarios, no digo que en este mundo todos tengan esa idea clara.

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Escuelas como cárceles


Imagen tomada de: http://bit.ly/12tp3K2

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A mí me gustaba ir al colegio. Mi casa estaba lejos de todo, no tenía vecinos, así que ahí era el lugar donde estaban mis amigos. Recuerdo mi primer día de clases, mis papás me metieron a preparatoria a los 5 años y no pasé por todos los grados que los niños pasan ahora antes de llegar a prepa. Pasé en el colegio trece años y en la universidad cinco más y no recuerdo mucho de mi vida escolar. Una vez intenté sacar el libro de historia para copiar en un examen, pero como no había leído, no tenía idea de qué buscar y fue de poca ayuda, ni siquiera logré hacer trampa. Otra vez, para una Semana Santa, me dejaron de tarea escribir los números de uno a un millón. Superé la clase de geografía, aunque todavía soy bastante mala con los accidentes geográficos. No fui una alumna excepcionalmente buena ni excepcionalmente mala. Supongo que siempre me mantuve en el promedio, con buenas notas y un comportamiento aceptable. Esos años constituyen una parte de lo que soy ahora, pero ¿es suficiente tener una noción del valor de mi educación? ¿Vale la pena invertir tanto tiempo, esfuerzo y dinero en una experiencia de la que después no se puede sacar una idea concreta de para qué nos sirve? Sí, me enseñaron a leer, a escribir; era buena en matemática, pero mi tía fue la que me enseñó a usar la regla de 3, algo que uso mucho más que la factorización.

A mi sobrino le dejaron de tarea hacer un cartel ilustrado con las reglas para coser diferentes tipos de tela. Si él no estuviera en primero primaria, si tuviera que zurcir un calcetín de vez en cuando o si le importara la diferencia entre la lana, el algodón y el poliéster, por algo más que saber por qué el material de su suéter pica, pensaría que esa tarea le va a servir de algo, que quizás su experiencia con la educación formal y el colegio va a ser mejor que la mía, pero no es así. El colegio en el que él estudia sigue siendo el mismo colegio en que estudié yo, en el que estudiaron mis papás, mis abuelos, creo que incluso sigue teniendo muchos de los contenidos curriculares del siglo XIX.

La escuela es uno de esos lugares en los que los niños pueden aprender muchas de las cosas que necesitan para la vida, pero no estas escuelas que tenemos en la actualidad y que han sido, parafraseando lo que dicen en el documental “La educación prohibida”, construidas a imagen y semejanza de las cárceles y las fábricas, donde los niños tienen que obedecer timbres que les dicen cuándo pueden comer y cuándo no, cuándo tienen que escribir y cuándo tienen que ejercitarse. Sé que no estoy sola con mi idea de la necesidad de una evolución en las escuelas tradicionales, necesitamos convertirlas en espacios donde estimulen la libertad, la creatividad y el pensamiento independiente.  Sir Ken Robinson en sus charlas de TED nos cuenta un poco de la historia de la educación moderna, nos habla de los modelos educativos post revolución industrial y plantea cómo las escuelas dejaron de responder a las necesidades de las personas, cómo aniquilan a los creadores en potencia. En la primer media hora de “La educación prohibida” también nos dan ese contexto histórico y luego nos hablan de cómo aprenden los niños.

Una de las conclusiones que saco en claro de esos planteamientos y esas ideas revolucionarias, es que tenemos que lograr que la escuela se separe del Estado. No podemos seguir dejando la educación en manos de los gobiernos, ellos no han hecho un buen trabajo y no saben cómo empezar a hacerlo. Para que en una escuela se le enseñe al niño a ser libre, primero tiene que ser libre la institución, elegir su propio currículo, elegir su propio horario y su forma de educar. Los que dicen qué se debe estudiar en las escuelas públicas y privadas no son los maestros, ni siquiera los dueños de los colegios o los directores, son burócratas a los que no les interesan los individuos. Nos quejamos todo el tiempo de lo mal que está la educación, la juventud, los acusamos de no leer y de no interesarse, quizás es tiempo de una revolución de ideas que ayude a nuestros jóvenes a interesarse por aprender a aprender, en lugar de darles un montón de conocimiento estéril que olvidarán pronto y que no significará algo para ellos.

Las palabras de Howard Roark


La historia  trata de un arquitecto llamado Howard Roark a quien un amigo, Peter Keating, le pide diseñar unos edificios de apartamentos. Roark le dice que lo hará con la condición de que su diseño sea respetado, que no le hagan cambios. Roark se va de viaje y cuando vuelve descubre que construyeron el edificio pero que cambiaron su diseño. Se enoja y dinamita el edificio una noche. No hay víctimas pero la construcción queda reducida a escombros. Llevan a Roark a juicio y éste es el discurso de su defensa.

Roark plantea su opinión con mucha claridad y uno tiende a estar totalmente de acuerdo o totalmente en desacuerdo con él, por ello, cuando discuto este texto con estudiantes o gente de un club de lectura, me gusta empezar por saber qué idea les sorprendió más. Las palabras de Roark son fuertes, son una defensa admirable del individuo y su fuerza creadora, un llamado a pensar en la moralidad de nuestro trabajo, en la necesidad de convivir con otras personas con reglas claras y en condiciones de justo intercambio. ¿Qué me sorprende del discurso? Que el juicio es por haber dinamitado un edificio y se convierte en un juicio en donde se acusa a un hombre por ser un creador, un individuo independiente.

Zero


Me gusta este video y vale la pena invertir los 15 minutos que toma verlo. Empieza como una historia triste, pero ilustra lo que pasa cuando luchamos por no dejarnos vencer, aunque toda la vida nos hayan dicho que no podemos ser más que un cero. 

En el caos del cambio


He visto morir al hombre elefante muchas veces. Su historia está ambientada en Londres de mediados del siglo XIX y cuenta cómo John Merrick pasa de ser un fenómeno exhibido en un circo de la época a un hombre con dignidad humana. Este cambio en su vida no fue gratuito, él tuvo que comprender cuál era su verdadera naturaleza para después defenderla. El momento en que se revela este conocimiento es cuando, después de años de soportar los más viles maltratos, él se yergue y se proclama humano. Hay una multitud enardecida a punto de lincharlo y él les pide que no lo lastimen, les dice que no es un animal, que es un hombre. A John le tomó años comprender este hecho fundamental para su existencia, ¿cuánto tiempo le ha tomado a la humanidad descubrirlo?

Merrick no sólo representa a un individuo que tiene que lidiar con los demás para establecer que es un individuo digno de respeto a pesar de sus marcadas diferencias físicas. También representa la búsqueda de los hombres en una época de cambios y caos. La revolución industrial no es un simple paso en la evolución humana, es uno de los avances más grandiosos en ésta. Después de siglos y siglos de sobrevivir en sociedades agrícolas que necesitaban de una figura que las protegiera de saqueos e invasiones (a cambio de su lealtad, fuerza laboral y todas sus posesiones, por supuesto) las personas tienen la oportunidad de tener máquinas para hacer más eficiente su trabajo, de construir sus propias empresas y mejorar su vida. Si bien es cierto que no existía una infraestructura que albergara a todos los que se fueron del campo a la ciudad, que no existían instituciones que “protegieran los derechos del trabajador”, que no existía el mundo como lo entendemos hoy, esas personas dedicaron todo su empeño para solventar dichos problemas, porque tenían la oportunidad de sobrevivir y no morir de hambre por la carestía.

Las ideas filosóficas del renacimiento y la ilustración constituyen parte de la base de estos cambios. El ser humano se preguntó qué lo hacía humano y no se conformó con la respuesta que había obtenido durante siglos. El ser humano se preguntó cómo podía mejorar su vida en la tierra y buscó alternativas que le permitieran vivir mejor. El proceso no ha sido sencillo, pero siempre que recordemos que somos seres humanos, dotados de razón y fuerza para mejorar nuestro mundo, encontraremos alternativas para conservar nuestra dignidad humana.