Los juegos que jugamos


El futbol es uno de los juegos más populares que conozco. Para jugarlo necesitás dos equipos y un balón; definir dónde está la portería de cada cual y seguir un par de reglas muy simples, que no se puede tocar el balón con las manos o los brazos y que uno no puede agredir a nadie del equipo contrario con tal de anotar un gol. Entiendo perfectamente la emoción de jugar, pero más de una vez me he preguntado cuál será la gracia de ver los partidos. Un amigo me ofreció una respuesta que me parece muy atinada, me dijo que a las personas les gusta ver un evento donde las reglas son claras, los jugadores las respetan (no voy a hablar de la mano de Maradona en cierto mundial) y dan todo por cumplir su objetivo. En la cancha cada miembro del equipo cumple un rol específico e importante para el éxito que buscan como conjunto. A veces son lesionados, pero es parte del juego. A veces ganan y otras pierden, pero se enfrentan en un juego justo, algo que no pasa muy seguido en la vida cotidiana.

Si uno no es muy aficionado a los deportes, puede que lo sea a los juegos digitales. Tengo que admitir que yo pertenezco a esta categoría y que tengo muchos juegos en mi teléfono. Uno de ellos se llama “Godfinger” y de trata de que uno es dios y tiene un planeta con gentecita que hace lo que uno quiera. Con sólo mover un dedo puedo hacer que llueva o que el sol queme las casas de los pobladores de mi planeta. Yo los pongo a trabajar para que produzcan oro y cuando están agotados puedo dejarlos así o ponerlos a descansar. Ellos no tomarán una decisión por sí mismos, todo depende de mí. En realidad no había pensado en lo malévolo del juego, porque es muy divertido ser un dios y hacer que las cosas pasen o no según tu voluntad, hasta que hace un par de días caí en cuenta de qué tan triste es ser habitante de ese planeta. Los hombres y mujeres de ese mundo trabajan hasta el agotamiento por un oro que no pueden disfrutar y su vida no depende de ellos mismos, sino del humor de un ser superior que decidirá qué deben hacer; y ni siquiera tienen acceso a un partido de futbol para evadirse un rato y descubrir que cuando uno tiene un propósito y vive con reglas claras puede ser dueño de su propia existencia.

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