Etiquetas


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Cuando conocemos a una persona le colocamos algunas etiquetas que la definen en nuestra memoria y la diferencian del resto de personas que conocemos. Primero hacemos clasificaciones generales, observamos su estatura, talla, color de pelo y luego pasamos a cosas más específicas como su edad, profesión, gustos. Cuando conocemos mejor a dicha persona, las etiquetas son bastante más específicas, no sólo sabemos si le gusta comer sushi, sino qué tipo de rollos prefiere, si le gusta la salsa de anguila o si evita las combinaciones agridulces. No usamos este proceso con las personas exclusivamente, es una de las maneras que tenemos de conocer el mundo que nos rodea. En La elegancia del erizo Muriel Barbery lo explica de esta manera: “¿Saben ustedes que nuestra conciencia no aprehende nada de una sentada, sino que efectúa complicadas series de síntesis que, mediante perfilados sucesivos, consiguen que nuestros sentidos perciban objetos diversos como, por ejemplo, un gato, una escoba o un matamoscas? (No me negarán que resulta útil este mecanismo)”.

El fin de semana pasado tuve dos experiencias con las etiquetas. La primer etiqueta la establecí yo cuando una amiga me dijo que cumple años en abril y yo le pregunté si su signo zodiacal era Aries. Me dijo que no le gustaba que la encasillaran en ese tipo de generalizaciones que si ella actuaba de forma explosiva era por su personalidad y no porque algún signo zodiacal se lo demandara. Entendí su molestia y le evité una larga justificación sobre mi proceso de llevarla de los Aries en general a mis amigos Aries, a mi familia Aries, a ella Aries. La segunda etiqueta me la pusieron a mí. Llegué a un café y me encontré con un amigo que tenía mucho tiempo sin ver. Me dijo que estaba triste porque le había llegado la noticia de que yo estaba trabajando con algo que tenía que ver con capitalismo. No sabía si estaba dando clases sobre dicho tema o qué, pero se sentía profundamente defraudado de que yo me hubiera pasado al “bando enemigo”. Yo sonreí lo mejor que pude y le dije que sí, que ahora me dedico a hacer diálogos sobre capitalismo. Me vio fijo a los ojos y me dijo “capitalista” (que en absoluto me molesta) y continuó con un “vendepatrias” (que me afectó profundamente). Sonreí de nuevo y me fui.

La diferencia entre una etiqueta y otra es que en el primer caso era una simple forma de clasificar y en la segunda contenía un juicio de valor de otra naturaleza. Me hubiera gustado decirle a mi amigo que yo no soy ninguna vendepatrias, al contrario. Me hubiera gustado decirle que lo único que pasó fue que yo encontré ideas distintas para cambiar el mundo, que ambos queremos vivir en un lugar mejor, pero que yo no creo que darle poder absoluto al gobierno sea el camino, que no creo que el Estado pueda tener todo el conocimiento necesario para tomar decisiones por todos, que la libertad es una cuestión ética que debemos defender a toda costa, que depende de nuestro trabajo construir ese mundo mejor que esperamos. Ahora estoy clasificada con una etiqueta diferente en su catálogo de conocidos y supongo que ello me afecta porque dicha etiqueta tiene una connotación negativa que yo no veo en mí misma ni en los capitalistas que admiro. Sé que hay una diferencia entre capitalista y mercantilista que mucha gente no se ha detenido a analizar, sé que hay muchos diálogos por hacer, muchas ideas por cuestionar, sé que las etiquetas son peligrosas cuando no nos preguntamos de dónde vienen.

Una respuesta

  1. Hola:
    En este relato aparece también una tercera etiqueta, a la que se hace justamente acreedor el amigo tuyo, que es la de etiqueta de ignorante, que por cierto no es un juicio de valor sino una descripción objetiva.
    Saludos

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