El orgullo de ser uno mismo


Imagen tomada de: http://bit.ly/1aHzCAd

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La vida en sociedad es un asunto complicado, aunque con el pasar de los siglos hemos llegado a ciertos acuerdos en normas para vivir unos con otros. Sin embargo, todavía tenemos mucho camino por recorrer respecto a la vida con nosotros mismos. Las leyes regulan nuestro comportamiento en sociedad y suelen establecerse para que los individuos mantengan una conducta adecuada respecto al prójimo, por ello castigamos cosas como el robo, el asesinato, la estafa, la explotación infantil, estos delitos que tienen que ver con los derechos individuales y la propiedad privada. La situación se torna más compleja cuando se trata de cosas que hacemos con nuestros propios cuerpos, porque acá entra en juego la moral y si empezamos a legislar a partir de asuntos morales, nunca nos vamos a poner de acuerdo. En la sociedad intentamos llevarnos bien con los otros, no lastimar a nadie, no hacer uso de la fuerza contra nadie y esperamos de los otros que no nos lastimen y que nadie ejerza la fuerza contra nosotros. Cuando nuestras leyes ignoran los derechos individuales y se basan en prejuicios morales de cierto grupo, siempre habrá otro grupo que saldrá lastimado.

Cuando Benito Juárez dijo que “”Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz“, no sólo se refería a que cada nación, cada individuo debe respetar el derecho de los otros a su vida, a su propiedad, e incluso a su búsqueda de la felicidad siempre que no pase por encima de los derechos de los demás, también se refería a que debemos recordar que cada individuo es libre de hacer de su vida lo que quiera, sin que tengamos que decirle qué es bueno para él. Respetar el derecho de los otros no quiere decir que debemos participar de sus prácticas, quiere decir que mientras no traspasen los límites de mi derecho, no tengo por qué limitar su derecho. Nuestras normas de vida respecto a nuestros cuerpos y lo que hacemos con ellos no son tan claras como las que regulan nuestro trato con los otros, sencillamente porque los individuos tienen gustos particulares y ello no está sujeto a discusión. ¿Por qué negarle derechos a cierto grupo porque nos parece incorrecto con quién o quiénes comparten su cama, por el color de su piel, por su sexo o la elección que hacen de él? Si basamos las leyes en la moral, cabría hacer la pregunta de ¿en la moral de quién? ¿Cómo evitamos la arbitrariedad si basamos las leyes en los gustos de un grupo?

Estamos en el mes del Orgullo LGBT (siglas a las que le agregaría la “H” de heterosexual, porque nosotros también somos parte de la diversidad) y en estas fechas particularmente se debate sobre temas como el matrimonio entre homosexuales y nos encontramos preguntándonos si una pareja de hombres o una pareja de mujeres serán capaces de enseñarle “buenas costumbres” a los niños, cuando hay tantas parejas heterosexuales que no son capaces de ello y nadie los cuestiona. Un amigo me comentó alguna vez que él no se siente particularmente orgulloso de ser gay, supongo que en el mismo sentido en que yo no me siento particularmente orgullosa de ser mujer, porque es algo que es parte de nuestra naturaleza, nosotros no tuvimos que ver en ello. Sin embargo, entendemos que podemos estar orgullosos de ser las personas que somos por nuestros logros en la vida, por las decisiones que tomamos, por el trabajo que hacemos y por no dejar que la simple etiqueta que define nuestra identidad sexual sea un obstáculo o un trampolín en nuestra vida. Uno puede sentirse orgulloso de ser uno mismo cuando comprende que ni siquiera ser “ser humano” es algo que nos haya sido dado, ser humanos y vivir como seres humanos es un trabajo difícil, que requiere del uso de nuestra razón y de nuestra capacidad para hacer de nuestra vida lo mejor que podamos lograr. Nuestra vida en sociedad será más simple y pacífica cuando entendamos que no podemos decirle a nadie cómo vivir su vida y que no tenemos que cuidar de la vida de los otros, ellos deben hacer su parte. Que el debate no sea si las parejas del mismo sexo que quieren adoptar niños o casarse son morales a nuestros ojos, que el debate sea cuánto se están respetando los derechos individuales de las personas, porque nunca sabemos cuándo la situación va a llegar al límite en que uno ya no pueda sentirse orgulloso de ser uno mismo porque alguien piense que eso no está bien.

¿No a la minería, o es un no a algo más?


Imagen tomada de: http://bit.ly/YJRB5U

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Los vi ayer. Eran unas 50 o 60 personas. Llegaron, empezaron a tomar sus lugares y les entregaron los carteles para la protesta frente al edificio donde están las oficinas de la Embajada de Canadá. No llenaban toda la calle. Había un par que seguro eran los organizadores del asunto, porque eran los que le daban declaraciones a los periodistas. Yo no sé si los pobladores de Santa Rosa estaban convencidos de estar ahí, uno a veces piensa que son personas a las que les pagan por ir a protestar, eso no es algo nuevo bajo el sol. Sí sé que vi que estaban cansados, que no gritaban con entusiasmo, que sus voces y actitudes no tenían la fuerza de quien piensa que defiende la verdad. Estoy segura de que hay muchas personas en estas comunidades que se levantan muy temprano para ir a trabajar, que luchan cada día para salir adelante.

Hoy la policía disolvió otra protesta, la noticia dice que “Los pobladores dijeron a los periodistas que se oponen al proyecto minero, denominado “El Sastre”, debido a la contaminación y porque consideran que la empresa, que se propone extraer oro en el lugar, podría dejar sin agua a la comunidad”. El miedo es un arma poderosa, la gente tiene miedo de lo que no conoce, ¿podrían confiar en la empresa minera? ¿Podrían confiar en que el gobierno los defenderá si la empresa no cumple su parte del contrato? Puedo entender el miedo que produce la posibilidad de perder el agua, el miedo que da sentirse vulnerables. Estoy segura que hay muchas personas en estas comunidades que no quieren que sus hijos tengan que caminar kilómetros para ir a traer agua al río, que quieren progresar, educarse, que los dejen trabajar en paz.

Sé que hay gente en algunas empresas, mineras o no, que hacen transas, pero se supone que para eso vivimos en un mundo que tiene leyes y contratos, para que nadie esté sobre la ley. La idea es vivir en una sociedad que no permita los privilegios, con un gobierno que no te quite lo que es tuyo y te ayude a que nadie lo haga. Quiero pensar que la gente no está simplemente contra las minas, quiero pensar que está en contra de la incertidumbre que nos provoca pensar que los gobernantes son como Artemio Cruz, ese personaje de Carlos Fuentes, que en su juventud fue revolucionarlo y luego simplemente se convirtió en un político corrupto, que hacía negociaciones así:

«—…alegan que aquí en México se pueden fabricar esos mismos carros. Pero nosotros vamos a impedirlo, ¿verdad? Veinte millones de pesos son un millón y medio de dólares…
Plus our commissions
—No le va a sentar muy bien el hielo con ese catarro.
Just hay fever. Well, I’ll be
—No termino. Además, dicen que los fletes cobrados a las compañías mineras por el transporte del centro de la República a la frontera son bajísimos, que equivalen a un subsidio, que cuesta más caro transportar legumbres que acarrear los minerales de nuestras compañías…
Nasty, nasty
—Cómo no. Usted comprende que si aumentan los fletes, nos será incosteable trabajar las minas…
Less proffits, sure, lesproffitsure lesslessless…» (encuentre la novela completa acá)

Es cierto que la vida no es un negocio, es cierto que para preservar la vida tenemos que explotar la tierra, construir los bienes que necesitamos. Tenemos la inteligencia, las herramientas. Hay minas que no son una amenaza, que son la oportunidad para que muchas personas tengan un trabajo.

La perversión de la ley


“¡Ley pervertida! ¡Ley – y con ella, todas las fuerzas colectivas de la Nación – desviada de su objetivo legítimo y dirigida a un objetivo totalmente contrario! ¡Ley convertida en instrumento de todas las codicias, en lugar de frenar las codicias! ¡Ley hacedora de iniquidad, cuando su misión era castigar la iniquidad! Ciertamente se trata de una situación grave y de su existencia se me debe permitir alertar a mis conciudadanos.

¿Cómo ocurrió esta perversión de la ley? ¿Y cuáles han sido las consecuencias? La ley se ha pervertido bajo la influencia de dos fuerzas radicalmente diferentes: el egoísmo falto de inteligencia y la falsa filantropía. (…)

Bajo estas circunstancias, es concebible que la ley, en lugar de frenar la injusticia, se convierta en instrumento de injusticia, el más poderoso de todos los instrumentos de injusticia. Según el poder del legislador, es concebible que la ley construya, para provecho del legislador y en detrimento del resto de la humanidad, un sistema en el cual la esclavitud, la opresión y la expoliación agreden en diferentes grados la persona, la libertad y la propiedad.”

Lo anterior fue escrito por Frédéric Bastiat (1801-1850) mientras buscaba explicar la crisis de principios e ideas en que vivía el pueblo francés.  Los recientes acontecimientos en la escena política y legislativa en Guatemala son un reflejo de cómo la falta de objetividad, el egoísmo irracional y la deshonestidad intelectual han sumido a nuestro país en una crisis de principios como nunca antes vista.

La corrupción, los privilegios y el favoritismo corporativista están a la orden del día; su origen se encuentra en la inminente contradicción de valores e ideas que durante generaciones han desarrollado un sistema sui generis del corporativismo latinoamericano.

¿La solución?

  • La introspección informada, sin contradicciones, honesta y racional de los ciudadanos para entender cuáles son sus derechos y obligaciones.
  • El rescate de la definiciones de justicia, verdad y ley.
  • La devolución del poder del gobierno limitado a manos de un nuevo sistema constitucional que no permita los privilegios legalizados.
  • El rechazo moral de los corruptos, de sus familias y de quienes lucran en estos sistemas de gobierno mercantilistas.

Quienes rompen la ley y se entronizan en el poder


La ley, ¡pervertida! La ley y tras ella todas las fuerzas colectivas de la nación, ha sido no solamente apartada de su finalidad, sino que aplicada para contrariar su objetivo lógico. ¡La ley, convertida en instrumento de todos los apetitos inmoderados, en lugar de servir como freno! Frédéric Bastiat

La historia latinoamericana está plagada de políticos que “rompieron” con la ley y se establecieron en el poder acumulando privilegios.  El político, con la única intención de conseguir votos, ofrece privilegios y redistribuir la riqueza.  Luego, ya entronizados en el poder buscar mantenerse en él por más tiempo del que su elección les permite.  Una tercera vía, la de los políticos corruptos sale del gobierno y se esconde detrás de las cortinas de la política ya enriquecidos y millonarios con empresas que se sostienen de prestar servicios al gobierno.

Pero, ¿en qué ha fallado la democracia?

La primera falla se encuentra en que nuestros sistemas de gobierno han sido incapaces de establecer los frenos necesarios a los distintos poderes del gobierno.  De ahí que muchos políticos, presidentes y congresistas se hagan de inmensas cuotas de poder (tal y como hicieron los reyes).  La otra falla se encuentra en que los pocos frenos existentes han sido violados por leyes manipuladas a conveniencia de los gobernantes.  La ley máxima de un país, la Constitución, debió ser escrita para defender los derechos de los individuos y proteger a los ciudadanos de hombres que buscan otorgar privilegios para algunos pocos “elegidos”.

Una de las mejores obras para explicar lo anterior fue escrita por Frédéric Bastiat y hoy los invitamos a leerla completa: Continue reading

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